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Lunes, 12 Mayo 2014 23:38

Las calles de bustar del humo

Escrito por  Juan Manuel Vilda

Hace mucho tiempo, recibimos en nuestro correo un aporte que no hemos podido compartir con vosotros hasta ahora. La verdad es que poco tiempo tenemos, pero estas son las cosas que nos animan a continuar, a volver a mirar atrás con los ojos de un niño los relatos de nuestros abuelos y mayores. Que poco a poco vamos perdiendo, y con el teimpo olvidando. 
Este texto trata sobre el "becerro de oro" "las calles de humo" o ... "las Calles de bustar del humo".
 
¡MUCHAS GRACIAS! ¡JUAN!
-“…Las campanas de León siete veces fueron robadas, y en las calles de Bustar del Humo están enterradas”.
Hace muchos, muchos años, en las frías noches de invierno al amor de la lumbre el abuelo nos contaba extrañas historias y curiosas leyendas, que nosotros como chavales escuchábamos embelesados y creíamos a pies juntillas.
 
-“El becerro de oro está enterrado en la sierra en lugar conocido como Las Siete Calles…”
-“Hay un agujero tan profundo, que de mozos, tirábamos piedras en él, y se oía el clon, clon cuando golpeaban las paredes. El sonido se iba desvaneciendo pero nunca las oíamos llegar al fondo”.
Nos lo contaba con tal entusiasmo que para nosotros era, poco más o menos, una invitación para buscar el tesoro.
 
Parecía que lo teníamos al alcance de la mano pero… Siempre hay un pero.
 
–“Está en la sierra…” Nos hablaba de la sierra como si fuera el fin del mundo, un lugar inaccesible que estaba fuera del alcance de unos críos como nosotros. Total que nuestras ilusiones de encontrar el tesoro quedaban cercenadas desde el primer momento, pero el tesoro estar, estaba,
 
¡por supuesto que estaba! 
 
Las Siete Calles, las Calles de Bustar del humo, las Calles del Humo…Nombres que hacen referencia a un mismo lugar; una pequeña vaguada situada en el extremo nororiental de la junta de ledanias de Castrillo, Salas y Hacinas, bajo el Campo Ahedillo.
 
A finales de verano le propuse a Aurelio, sí el Pito, acercarnos hasta las siete calles. Lo primero que me dijo. -¿Qué esperas encontrar allí? –Pues no sé, contesté.
 
Aunque en mi mente lo tenía claro, “Las campanas de León, el becerro de oro…y yo que sé”. Pero eso lo guardé para mí.
 
Como buen andarín aceptó el reto y después de comer nos pusimos en marcha.
-…Esta senda no nos lleva directamente, pero tardamos menos en subir. A lo que yo perplejo contesté: -Esto es una senda porque lo dices tú, no porque sea cierto.
La supuesta senda discurría entre frondosos brezos, altos helechos y un suelo cubierto de pinos caídos, sin una triste marca por lado alguno. Y con una pendiente de “aquí te espero”.
 
Pero, en poco tiempo, alcanzamos la altura deseada y comenzamos a andar de media ladera. ¡Menudo descanso! Aunque seguíamos encontrando dificultades en nuestro avance, lo peor era la cantidad de pinos caídos en esta zona. Hace años por aquí pasó un tornado y dejo miles de pinos por el suelo, muchos se llevaron pero otros muchos se pudrirán aquí.
 
Ni que decir tiene, que mi confianza en él es total. Aún está por llegar el día que hayamos ido a algún lugar y nos volvamos sin haberlo encontrado.
 
Dimos vueltas y más vueltas, hacia arriba, hacia abajo, a un lado, a otro lado, hasta que perdimos el norte y… ¡Aparecimos en la pista de Monasterio!
 
Este pequeño fracaso minó nuestra moral y de qué manera. Nos encontrábamos bastante cansados. Paramos un momento para recobrar el aliento, Aurelio cabizbajo, no las tenía todas con sigo y me preguntó otra vez.
 
– Juan Manuel ¿Qué buscamos? Yo no lo tenía nada claro. –No sé, tal vez… ¿la ilusión de un niño?
Sin tiempo para más nos pusimos en marcha, pero esta vez a derecho, sin sendas. El ascenso fue muy lento, la maleza no nos permitía avanzar. Nos tropezamos con un montón de piedras, Aurelio me dijo que eso era un “hormacho”.
 
– Hace cincuenta y cinco años, más o menos que esta zona se sembró esto de pinos y hasta ese momento aquí no había nada más que brezos y robles. Lo que se conseguía con los hormachos (alguno alcanzaba los cuatro metros de altura) es tener una amplia visión por encima de la maleza. Para los pastores era de gran utilidad.
 
Seguimos ascendiendo, y aún vimos otro hormacho, pero también aplanado.
 
Entre la dureza del ascenso y la espesura de los brezales pensaba que iba a ser tarea imposible dar con Bustar del Humo, el sentido de la orientación me había abandonado hacía tiempo y todo se reducía de tener un golpe de suerte.
Como así fue, sin previo aviso apareció ante nosotros un mojón con tres piedras grandecitas, el primero que encontrábamos en toda la tarde, que indicaba que nuestro periplo había finalizado. ¡Nos encontrábamos en Bustar del Humo!
 
Cruzamos el cauce seco de un arroyo y descendimos por la ladera de una suave vaguada que era el final de nuestro deambular.
 
La zona alta de la vaguada está formada por una extraña morrena sembrada de pinos, a continuación según descendemos el valle se estrecha y está totalmente cubierto de brezos, un poco más abajo un retorcido pino centenario y a su lado una pequeña construcción de piedra. Pensé que esta construcción podría tratarse de una pequeña cabaña de pastores. Pero nada más lejos de la realidad, después me enteré que estas piedras tapaban la entrada de una cueva muy peligrosa, y como el ganado se metía a la sombra, hace muchos años decidieron tapiarla.
 
Recorrimos la pequeña vaguada pero no vimos nada más. Días después me comentaron que esta vaguada está hueca, y que golpeando el suelo se oye un ruido sordo.
 
–Bueno pues está todo visto, volvamos al coche. 
 
El retorno fue más rápido, los dos en silencio. Cada uno rumiando sus propios pensamientos. Yo, para que engañarnos, estaba un poco decepcionado. El lugar era un pedazo de monte como cualquier otro salvo alguna pequeña particularidad.
 
Días después, dando vueltas a lo poco que sabía del lugar y lo que vi in situ, me di cuenta de que había pasado varias cosas por alto e intenté ir encajando las piezas, poco a poco.
 
Bustar del Humo: Bustar era en la edad media una dehesa o pastizal de ganado. La descripción es perfectamente válida para el lugar. ¿Pero y el humo?
 
Encontré otro significado para la palabra Bustar: lugar de fuego.
 
Y donde hay fuego hay humo.
 
¿Es posible que hubiera en este lugar desde la antigüedad una explotación a cielo abierto (por eso lo de las calles) de mineral de hierro como he oído comentar alguna vez en Castrillo?
 
¿Tal vez pudo haber en este lugar algún horno?, es cuestión de buscar restos o tal vez algo de escoria.
Tenemos el horno y el mineral de hierro pero nos falta el “cisco”. Materia prima para su elaboración hay por todas partes: “brezos” para dar y tomar. Es posible que hubiera varias carboneras y con la ferrería habría una humareda constante visible desde todos los pueblos de la parte baja.
 
Otro detalle que pasé por alto, lo que en un principio me pareció una morrena, ¿podría ser en realidad una escombrera?
 
Otro motivo en el que he caído después, es el de la cueva. Mi abuelo nos contó que de joven tiraba piedras en un agujero y según iba cayendo se oía ruido de golpes contra las paredes, pero no oían cuando llegaban al fondo. ¿Podría tratarse de la misma cueva? ¿La que tapiaron por peligrosa para que no se metiera el ganado?
 
Más cosas. Bustar podría ser también una palabra latina. Bustar: Aris. Bustum, bustualis: Lugar donde se queman y se sepultan los cadáveres. Monumento para la memoria.
 
Aunque me parece que esto último no tiene demasiada relación con el lugar que nos ocupa, ¿o tal vez si?
No hace mucho leí algo que puede tener cierta relación con el tema que nos ocupa. El libro se titula “Visión histórica del comunero y Patria de Trasomo” de Tomás García Paniego.
 
“En una de las muchas razias que los moros llevaron a cabo en estas tierras castellanas, después de esquilmar poblados e iglesias, pasaron por estos lugares de Trasomo saqueándolos del mismo modo. Pero en el momento de la retirada las tropas castellanas les hicieron frente y cuenta la leyenda que los invasores viendo próxima su derrota enterraron el botín envuelto en una piel de toro”.
 
¿Es posible que con la trasmisión oral de la leyenda de generación en generación y con el paso de los años “el botín enterrado en una piel de toro” se haya podido convertir en “el becerro de oro”?. Que según otra antigua leyenda está enterrado en “las calles del humo”.
 
¿Por qué no? Todas las zonas de difícil acceso tienen algo de misterioso. Y esta en particular, doy fe de lo recóndito del lugar, puede esconder muchos.
 
No se encuentra demasiado lejos del poblado medieval de Pajares, precioso paraje donde se paró el tiempo y se disfruta de una paz y un sosiego olvidado en nuestra vida diaria. ¿Tendrían alguna relación?
Quitando el primer momento de… podríamos decir decepción, esta primera visita (porque no va a ser la última) a “Bustar del Humo, ha sido satisfactoria.
 
Las leyendas siempre tienen una pequeña base de certeza y el misterio con que se las rodea va creciendo con el paso de los años. “Las campanas de León… el becerro de oro…” ¡El misterio continúa!
 
Me considero un andarín insaciable pero con condiciones, la primera: cuando salgo siempre me gusta ir acompañado, una buena compañía es fundamental paras disfrutar de un día de campo. Y la segunda, en orden pero no en importancia, es la de tener una meta o pasar por puntos de interés, para que en ningún momento el paseo sea monótono o aburrido.
Y por último, si me lo permitís, un consejo; Calzaos unas botas cómodas, ropa adecuada para la época del año que nos encontramos, buscad la mejor compañía y lanzaos a descubrir parajes increíbles que la naturaleza nos ofrece en esta, nuestra sierra.
 
Juan Manuel Vilda  visita su blog
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