Juguetes «made in Miranda»

Juguetes Dinova  - MirandaMiranda también fabrica ilusiones, y lo hace en forma de juguetes. Y es que en la ciudad hay una empresa que, aunque pequeña, es portadora de un enorme tesoro, que no es otro que el de poder ser la artífice de que muchos niños de toda España esbocen una enorme sonrisa al abrir un regalo. Juegos Dinova, ubicada en el polígono de Bayas, cumple este 2011 treinta años de andadura desde que un grupo de trabajadores de otra planta que cerró en Vitoria decidiera dar el paso e instalarse en nuestra ciudad.
Hoy, la compañía está integrada en Editorial Susaeta, que adquirió Dinova en 1992, pero mantiene en la ciudad su principal planta de fabricación de juegos. Dinova es especialista en la fabricación de juegos de diverso tipo, pero como explica el responsable de la planta, José Ibáñez, «se trata de juegos que siempre tienen que tener un cierto componente educativo, son juegos didácticos, todos, para que el chaval tenga una participación considerable en el juego, no son de esos en los que los niños no hacen nada no, tiene que trabajar en todos los juegos, y en todos aprenden siempre algo».
Así, tienen juegos de recortables, de puzzles, de pintar… un amplio abanico que la propia empresa divide en varios tipos, y siempre indicando las edades más adecuadas para cada juego. En lo educativo, hay juegos que enseñan los números, otros los animales, los colores, que ayudan a trabajar la memoria. También hay muchos juegos de manualidades, rompecabezas y otro más lúdicos vinculados a competición o al simple entretenimiento, pero siempre con la intervención preponderante del niño.
En suma, en Miranda se fabrican más de 150 referencias, y entre ellas también se han ‘colado’ populares personajes como Bob Esponja, que el año pasado fue uno de los éxitos más importantes de la compañía. «Nos ha pasado alguna vez que el juego es un boom, y andas a la carrera porque ante el éxito hay que fabricar mucho más», dice Ibáñez. Así, los personajes populares están presentes en algunos juegos, aunque siempre «hay que pagar regalía o royalty a la propietaria de la marca y de la imagen, y al juego hay que hacerlo con todo tipo de detalles en cuanto al color por ejemplo, que sea el fiel al personaje original», explica. Además, también hay juegos más tradicionales, como la Oca o el Parchís.
En la planta se hacen varios procesos. Por un lado se trabaja en el montaje de los juegos, una vez que llegan a la fábrica los elementos que se encargan a otras empresas, como la impresión de materiales. En Miranda cuentan con una máquina de termocomformado, que permite introducir un material plástico de color que permite dar forma con calor a, por ejemplo, las bandejas que tienen los juegos. Parecida es la máquina de inyección, con la que se fabrican las piezas de plástico de diferentes colores que componen los juegos.
Actualmente las ocho personas que trabajan en Dinova han pasado la etapa más dura de actividad, ya que para estas fechas los juegos fabricados meses a atrás ya están repartidos por todo el país esperando a que Papa Noel y los Reyes Magos los adquieran para llevárselos a los niños. «Ya está todo vendido, y ahora estamos haciendo reposiciones; después, para junio, hay que presentarles a los grandes almacenes los modelos nuevos», avanza el responsable de la planta mirandesa. Ibáñez cree que en este tipo de juegos no mucho ha cambiado, ya que son elementos que a diferencia de otros juguetes no se rigen por el marketing agresivo o la publicidad machacona que ‘mete por los ojos’ el juguete al niño.
«Al ser didácticos tienen otro carácter», comenta, y recuerda uno de los grandes éxitos de Juegos Dinova como fue el Sactron, fabricado durante décadas «y que seguros muchos adultos lo recuerdan». Se trata de un juguete de mucha manipulación en fábrica, con resistencia, transistores, condensadores, que requería trabajo de soldadura y encapsulado y tenía que funcionar; hacía 45 experimentos», relata.
Los juegos pasan «una ITV», diversas pruebas para comprobar que se adaptan a los usos previstos y que son aptos para los niños a los que van dirigidos. «Tienen que darle el visto bueno, y es muy exigente», explica Ibáñez, por eso lamenta que «se cuelen» otros productos de calidad muy inferior, que en muchas ocasiones sortean los procedimientos de control y al final acaban en manos de los niños sin las debidas garantías.


fuente: DB