Una fiesta diferente en Huerta de Rey

Las fiestas en Huerta de Rey son diferentes. Son refugio de la censura de lo políticamente correcto. Son ejemplo de lo que debería ser una celebración de la vida. Son libertad, porque eligen cómo vivirlas. Y son, sobre todo, toro. Toro bravo. Toro de lidia. Novillos. Cabestros y todo lo que tenga que ver con ese precioso animal que anima y da color a las calles de tantos municipios en nuestro país.

Pero en Huerta el toro es distinto. Ellos tienen la personalidad necesaria para desmarcarse de todo y erigirse un bastión en lo diferencial de sus costumbres. Por eso, en parte, son libertad. Porque sus fiestas patronales se despiertan a las nueve de la mañana para desembarcar los novillos que se van a lidiar por la tarde en su coqueta y preciosa plaza de toros. Todo un acontecimiento social. En el cuarto de plaza que se acota para que vayan bajando los novillos al albero, rumbo hacia lo desconocido, los vecinos y aficionados hablan, opinan y juzgan sobre las apariencias de cada astado.

Entre la afición huertaña gusta el novillo grande, fuerte e imponente. El que haga pasar miedo a los chavales que empiezan, para plantearles el dilema de si es verdaderamente este el futuro que quieren para su vida. Más de uno se ha dado cuenta de que no valía en esta plaza. Otros dejaron su incipiente impronta y disfrutan ahora del estatus de figura del toreo. Pero allí, lo que no sea ese novillo con trapío, no les termina de encajar. Además, cada año otorgan el Pino de Plata. Un premio que, solo por orgullo propio, tiene que ganarse con el talento y valor demostrados en la plaza. Y si el toro no da miedo, el talento no es suficiente.

Terminar con las labores de enchiqueramiento suele ser, en cualquier otro lugar, desentenderse de los toros hasta la tarde. Pero Huerta es diferente (…).

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Fuente original: www.diariodeburgos.es