La localidad burgalesa de Covarrubias se muere

El rinconcito con encanto que hay entre la calle de la Cuesta y la de Monseñor Vargas, poco después de atravesar el arco del Archivo del Adelantamiento, en Covarrubias, ha perdido luz este 2024. Detrás del mostrador de la Ferretería Jumer ya no está Merche para aconsejarte sobre pinturas, entre un gran abanico de productos. De la puerta de la panadería de Raquel ya no sale ese olor a pan recién hecho y que le enseñaron a hacer sus abuelos y padres; y aunque al atravesar la puerta del Restaurante de Galo aún persiste el olor a lechazo, hace ya tres meses que no asa ninguno. Los tres negocios han echado la persiana este año en la villa rachela, dejándola un poquito más huérfana en estos meses de invierno.

«Negocio que se cierra no se vuelve a abrir, y eso que en Covarrubias funcionan, pero hay que querer y poder trabajarlos», coinciden los tres, que hablan de otras dificultades con las que se han venido topando y que han hecho mella en sus negocios: la mano de obra, que escasea en todos los sectores y les ha supuesto más de un quebradero de cabeza; y el tipo de contratación. «No podemos mantener empleados todo el año, pero si por meses y temporadas». Por eso reclaman apoyo a las administraciones, para que se les facilite y ayude a la hora de generar esos puestos estacionarios y así el comercio pueda seguir subsistiendo en el medio rural.

«Que se fomente a aquellos que queremos trabajar y que ofrecemos trabajo. Nosotros no nos hacemos ricos, damos un servicio», afirma Raquel González. Ella se ha visto obligada a cerrar su panadería por no poderla compaginar con la pastelería. «Hay épocas en las que contrato a dos o tres personas y otras en las que no me hace falta nadie», dice la mujer, que a mediados de abril cerró la panadería. «No puedo llevar los dos negocios a la vez, es muchísimo trabajo», cuenta Raquel, que reconoce que si que han llamado para interesarse por su establecimiento, pero que no ha recibido ninguna oferta en firme.

Con el horno de pan cerrado, ahora está centrada en la pastelería, donde de «forma testimonial», junto a magdalenas y otra rica repostería, hornea «cuatro chapatas y cuatro barras». Reconoce, respecto a sus empleados, que puede no ser apetecible trabajar solo dos o tres meses al año, pero que como empresaria, tampoco es fácil estar buscando y cambiando cada año de personal. Muy crítica, mantiene que cada vez «es más complicado vivir en un pueblo». Afirma que las ayudas se van a las grandes empresas y que para el pequeño comercio rural solo hay trabas. «Damos un servicio, pero no nos dejan subsistir, nos atiborran a obligaciones», relata la mujer, y pone como ejemplo la implantación de un sistema de control horario. «¿Te parece normal que tenga que hacer una inversión en algo que se va a usar dos meses?».

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Fuente original: www.diariodeburgos.es