Firmar una hipoteca, algo que antaño era imprescindible cuando una persona se lanza a comprar un bien de alto valor, ha dejado de ser una acción habitual para el común de los mortales a convertirse en un trámite por el que cada vez opta menos gente. Una de cada tres viviendas en Burgos, da igual si es nueva o usada, se adquiere ya sin necesidad de un crédito. Pues bien, esa tónica también parece que se está trasladando al sector agrícola, donde los préstamos -ya de por sí poco habituales- están cerca de desaparecer.
De las más de 4.200 compraventas de fincas rústicas que contabiliza el Instituto Nacional de Estadística (INE) en los diez primeros meses del año pasado, el organismo tan solo registró 86 hipotecas destinadas para la conseguir la propiedad de estos terrenos. Abril fue el mes que más acuerdos registró con 22, mientras que mayo y octubre se cerraron sin ninguno. Enero apenas certificó uno y en agosto fueron dos. La cifra global choca frontalmente con las 278 certificadas durante el 2022, las 326 de hace ahora una década o las 554 del 2009, cuando los bancos o las cajas de ahorros ofrecían liquidez sin pudor alguno.
La compraventa de fincas rústicas, a pesar de algunos vaivenes, se mantiene más o menos estable: desde que en 2012 sobrepasó la barrera de las 4.000 operaciones anuales nunca ha bajado de esa cifra. Repuntó en 2018 con más de 5.000 y en 2022 con más de 6.000.
Unos tipos de interés que, pese a moderarse en los últimos meses, siguen estando muy por encima de lo habitual; la compra de terrenos rústicos por parte de fondos de inversión o grandes compañías para poner en marcha proyectos fotovoltaicos o, en menor medida, la liquidez con la que cuentan los profesionales del campo están detrás de la adquisición ‘a tocateja’ de hectáreas. Así lo reconocen tanto organizaciones agrarias como desde el sector financiero, que coinciden en señalar que si antaño no era habitual suscribir este tipo de acuerdos para comprar un terreno, en pleno 2025 lo es aún menos. No obstante, recalcan la importancia que tiene poder disponer de crédito, especialmente entre los jóvenes que se incorporan al campo sin ningún respaldo familiar.
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