Es un roedor pequeño (su nombre científico es microtus arvalis) y aparentemente inofensivo, pero causa verdaderos estragos en las cosechas y quebraderos de cabeza a los agricultores. Desde la plaga de topillos que asoló los campos de Castilla y León en 2008, las amenazas de este animal de rápida reproducción son constantes. Además, la gestión comunitaria de la situación, basada en el vertido de toneladas de químicos, dejó una losa tóxica en la tierra e implicó una pérdida de biodiversidad. Aunque desde 2016 los rodenticidas y la quema de rastrojos están prohibidos, aún es común echar veneno en las puertas de las casas de los pueblos. Para aprender de los errores del pasado y controlar de mantera eficaz y sostenible las futuras invasiones, la asociación El Torreón de Padilla de Abajo (comarca de Odra-Pisuerga) promovió una charla divulgativa sobre el control biológico del topillo campesino.
Las causas de la colonización de las comarcas agrícolas se deben al gran cambio del uso de suelo desde los años cincuenta. La introducción del regadío, la concentración parcelaria, la construcción de vías de comunicación o el abandono de ganadería extensiva fomentaron la llegada de estos roedores. La respuesta que han propuesto los vecinos de Padilla para arrinconar al topillo ha sido seguir el ejemplo de GREFA (Grupo de la Rehabilitación de la Fauna Autóctona y su Hábitat), que promueve un nuevo modelo de gestión integrado, donde la construcción de cobijos para aves rapaces (depredadores naturales de roedores) toma un protagonismo esencial. «Es un instrumento eficaz para controlar y evitar picos. Este territorio no tiene refugios, y las casetas permiten la interacción natural de depredadores y presas», aseguraba Javier Padilla, concejal y miembro de la asociación El Torreón. En efecto, según los informes de GREFA, una pareja de lechuzas en tres meses de cría puede acabar con 1.300 topillos, y el cernícalo con 800.
El edil insistía en las dificultades que tienen los pueblos pequeños con ayuntamientos de poca capacidad para acceder a las ayudas. «En el ministerio están dando cajas nido pero exigen informes y estudios, y no hay gente que lo formalice», lamentaba. Hasta ahora, la labor de voluntarios ha permitido instalar varias cajas nido para murciélagos, lechuzas y cernícalos cerca de las naves agrícolas del municipio y esta mañana han realizado una demostración para instalar una nueva. Además, contaron con la presencia de dos vecinos de Villasandino, Pedro Manzano y Asela Ortiz, que se han unido para llevar a cabo un proyecto agroforestal y han recabado información sobre este modelo de control biológico. «Estamos aprendiendo a base de golpes», admitía Pedro, cuya primera plantación de almendros había quedado arrasada por los roedores. Eso mismo le había ocurrido a Asela, que planeaba crear un bosque comestible y ya había fabricado con maderas recicladas cuatro casetas. Entre los dos han instalado varias cajas en Villasandino, y su objetivo es crear sinergias con iniciativas parecidas para compartir conocimientos y avanzar de forma respetuosa con el medio ambiente.
Fuente original: www.diariodeburgos.es