Las soñadas vacaciones de Naithy Hernández y su hija Ashley Valeria en Briviesca se tiñeron de color negro apenas un día después de aterrizar. La emoción de reencontrarse con su hermano -y tío- ocho años después de su desgarradora partida se vio frustrada con el doble sismo que golpeó a su país, Venezuela, cuando aún se encontraban en periodo de adaptación. La llamada de una amiga pasados unos minutos de media noche (hora española) alertando de lo que había ocurrido cambió, sin duda, el rumbo de su viaje… y su vida. Desde entonces nada ha vuelto a ser igual y los veintiún días que tenían previsto permanecer en la Bureba se alargarán «Dios sabe cuanto», se lamentan. Su vivienda en Caracas acabó convirtiéndose en una ruina y a pesar de que el día a día en el país latinoamericano parece que poco a poco vuelve a la normalidad bajo la sombra de la crisis económica, regresar «no resultará sencillo porque el aeropuerto está cerrado y a saber cuando lo reabren», comentan.
Con los ojos encharcados en lágrimas, la progenitora menciona su trabajo como gestora, mientras que la joven de 17 años -que asegura que llora por todo pero sorprendentemente aguanta el tipo- comenta varias hazañas del último curso escolar. Sus nuevas amigas, la mayoría más mayores, no pierden detalle de lo que ambas cuentan. Ellas, las Princessbikes, han conseguido que al menos tres días por semana vean la vida de color de rosa, y no solo por las camisetas que lucen los martes, miércoles y sábados para ir a andar en bici, sino porque el cariño y el apoyo que las transmiten hace que «por un tiempo la pesadilla se nos olvide», declaran.
Las ciclistas quedan 3 veces por semana y realizan rutas por los pueblos de la comarca burebana
Sara, la asistenta social que las atendió tras el terremoto, las ha prestado dos mountain bikes para que pudieran adherirse a la comunidad ciclista femenina local impulsada por la asociación Princessbikes (fundada por Inés Sancho) con la finalidad de «fomentar el deporte, el bienestar y crear un espacio seguro de pedaleo para mujeres», explica a este periódico Sonia Campomar, concejala de Servicios Sociales, Igualdad y Mujer del Ayuntamiento. Madre e hija se muestran encantadas de tener la oportunidad de llegar a ser unas más del grupo y poder «andar solas, a diferencia de en nuestro país que no es seguro para este tipo de prácticas», aseguran, y de gozar de la mejor terapia para sanar sus heridas. En las rutas que las ciclistas improvisan en el punto donde siempre quedan -el Mural de la Mujer- deciden el recorrido de la jornada. «Hoy como mucho hasta Valdazo que hace demasiado calor», propone Teresa Pérez. Con su BH vintage de color azul que se compró hace más de cuarenta años, ¿o se la regalaron? (prefiere no acordarse) se apunta a ‘un bombardeo’ y no hay trayecto que se la resista. Si la cuesta es muy empinada, se baja y la sube andando.
Además de suponer un impulso para hacer «nuevas y muy buenas amistades», recalca Naithy, «estamos conociendo de una manera diferente los pueblos de la zona y a sus vecinos. Confío en que poco a poco aprenderé a colocar la cadena porque alguna vez se ha salido», añade entre risas. Nati, la experta en mecánica, es la mejor maestra.
Antes de que las 26 mujeres se acomoden en los sillines y comiencen a pedalear, muestran una vez más el afecto que sienten hacia las latinas. Maribel, que las observa embelesada cuando hablan sobre la catástrofe del 24 de junio, las ha ofrecido incluso compartir su vivienda. A sus 75 años es la mayor del pelotón -la más joven tiene 8- y acostumbra a correr medias maratones; también a tender su mano a quienes más la necesitan.
Fuente original: www.diariodeburgos.es