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Cristóbal Fuentes, el señor de los tomates en la comarca burgalesa de la Bureba

Dos huevos fritos de gallina de corral que él mismo recolecta cada mañana, un poco de fruta y una rebanada de pan con mermelada casera. Un desayuno de campeones que permite a Cristóbal Fuentes mimar a sus tomates como se merecen. Porque a sus 95 años el almeriense tiene claro que los amores de su vida son su familia y esta hortaliza que cultiva desde hace medio siglo en su monumental huerta de Salas de Bureba. Allí dedica hasta nueve horas de su tiempo diario -durante los meses de verano- a que su producción conquiste incluso a los paladares más exquisitos y si se nota cansado, pues se sienta en la silla blanca colocada estratégicamente junto a los puerros; desde allí uno no pierde detalle.

En los bancales de unos 40 metros de longitud crece de todo. Desde calabazas, calabacines, pimientos de todos los tamaños, alubias, vainas, patatas, lechugas o acelgas hasta zanahorias, remolacha o sandías. ¡Qué ganas tiene de abrir una! También infinidad de tipos de tomate, tantos que ha perdido la cuenta. Con un buen ejemplar de   Raf, una variedad gourmet de forma irregular muy apreciada por su intenso sabor dulce y equilibrado nivel de acidez, se ha quedado a la puertas de ganar el Concurso de Tomate organizado en Lences de Bureba; pero no le importa, al año que viene irá a por todas.

Desde antes de las 9 de la mañana ya pasea entre sus plantas. A las 8, generalmente, abre el ojo sin necesidad de despertador. Asegura que duerme como un tronco, «¿dónde mejor que en la cama del pueblo?», se autocuestiona, y por eso acumula tanta energía que dosifica a lo largo de la jornada para poder llegar a todo. No cabe duda de que la huerta «es más que media vida» y que sus verduras y hortalizas, en especial los Cherry, Corazón de Buey, Rosa de Barbastro, Romano o Azul, entre otros tantos, «son una monada», asegura mientras comprueba el imponente tamaño de uno de ellos de un rojo intenso. Sus favoritos y para su gusto los «más sabrosos» crecen al lado de la casa que él mismo levantó con sus manos, en otro pequeño huerto al que guarda especial cariño. Hace unos días recolectó un ejemplar de 1 kilo y 100 gramos que le supo a gloria. «Te vuelves loco con el sabor», asegura. Los que le conocen dan fe de ello.

Con una memoria prodigiosa (en su mente acumula cientos y cientos de anécdotas), una sonrisa que no le entra en la cara y una soltura para caminar por la tierra con sus zapatillas de lona con gomas en los laterales -esas que todos hemos calzado alguna vez- disfruta de sus ‘vacaciones’ en la localidad antes de volver a Muskiz (Vizcaya), el municipio en el que reside de continuo desde que dejó su Andalucía natal.

Allí también cultiva, pero el «gusto no tiene nada que ver», se lamenta. La humedad juega en su contra, así que no le queda otro remedio que «pasar en casa» más horas de las que le gustaría viendo los partidos del Real Madrid.

Cientos de frutales. La faena no solo se ciñe a mantener la huerta. Unos pocos metros ladera arriba, en orden meticuloso, se alzan cientos de árboles frutales que suponen otro añadido al listado de actividades de ocio del nonagenario. Cerezos, manzanos, ciruelos, perales, membrillos, nogales… todo lo que uno pueda imaginar crece a buen recaudo. La campaña del fruto rojo ha sido espectacular y aunque Cristóbal no ve «muy allá», declara su hija María del Mar, también ha estado al pie del cañón.

Con alguna que otra bronca de por medio por permanecer bajo el sol demasiadas horas, «porque Cristóbal no tiene calor», ha colaborado en todo momento. Ahora es el turno de elaborar tomate -más de 100 botes sacó el año pasado- y mermelada. Porque señores, ya saben lo que dicen, el desayuno es la comida más importante del día. 
 

Fuente original: www.diariodeburgos.es