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Larga vida a las encinas de Llano

Ramón Arce se toma la vida con calma. «¿Para qué correr por todo?», se pregunta. No siempre ha tenido la suerte de poder exprimir tanto el tiempo libre como ahora ni de levantarse de la cama a la hora que le apetece, sin prisas. La jubilación ayuda y la vida en el pueblo mucho más. Regresó a Llano de Bureba hace ya unos años y desde entonces dedica buena parte del día a mimar a las encinas que crecen en los alrededores, entre otras distinguidas aficiones como el cultivo de tomares de ‘categoría’. Motivado, defiende su amor por los quercus ilex (el nombre científico) y promete que hasta que el cuerpo se lo permita continuará ejerciendo de ‘cuidador’ incuestionable.

Desde que el eterno domingo se instauró en su vida (en el buen sentido de la metáfora), sus hábitos han mutado en beneficio de su cuerpo y mente, y antes de las 11 no suele dejarse ver por la calle. No madruga, ya lo hizo durante demasiadas décadas, y le gusta tomarse el café solo en el bar municipal. Allí suele comentar la jugada de la jornada con los vecinos y tras fumarse unos cuantos cigarrillos, por norma general, se despide. Su tarea comienza al colocarse las botas y los pantalones de seguridad para evitar un posible disgusto y antes de subir al árbol limpia todo lo que hay en el tronco que le puede llegar a molestar. Repite la misma mecánica con las ramas para poder trabajar más que a gusto.

A pesar de que los frutos -las bellotas- han alimentado a muchas generaciones y pueden emplearse directamente en la cocina -también al ganado y utilizarse como medicamento debido a sus propiedades medicinales- el burebano no suele recolectarlos. Lo suyo es más una pasión al tratarse de «árboles preciosos que antaño cubrían parte del territorio del país y muchos se perdieron», expone. Con la motosierra y las tijeras de podar deja las copas con el tamaño adecuado para mejorar su salud; no solo las que crecen en su máximo esplendor en las calles y alrededores. Este trotamundos -ha viajado mucho debido a sus diferentes empleos- también se atreve a proteger a los que crecen en los montes más cercanos.

En la huerta. Compagina una de sus mayores aficiones con la horticultura. En la huerta no hay vegetal que se le resista y las calabazas, acelgas, patatas, cebollas, zanahorias, los puerros, pimientos y un largo etcétera de variedades crecen despampanantes y protagonizan muchos de los menús elaborados en las cocinas de sus vecinos. Pero de entre todas ellas destacan los tomates. Y no precisamente por su estética -que también, dependiendo de la temporada y la clase- sino por los sabores incomparables gracias a su mezcla perfecta de dulzura y acidez. Arce no desvela la fórmula mágica, solo menciona que el agua del pozo y el trato de la tierra juegan un papel fundamental.

Con un ejemplar de corazón de buey conquistó los paladares del jurado del concurso que buscaba al mejor tomate de la zona, celebrado en Lences de Bureba. Con otros ha logrado seducir a los de reconocidos cocineros de la provincia -omite los nombres y también el de los restaurantes que gestionan- que no han dudado en demandar su producto para utilizarlo en sus creaciones. En la huerta, su lugar de confianza, recolecta piezas de gran calibre; una de las últimas que ha recogido pesaba 1,9 kilos, de forma desigual, color rojo intenso y mejor gusto. ¡Qué aproveche comensales!

 

Fuente original: www.diariodeburgos.es