Calcetines y circo en Pradoluengo

La vida pasa entre malabares. Al menos, así transcurre la de Pablo Picallo, un argentino especializado en circo, magia y acrobacias que desde hace cuatro años no se pierde el Encuentro de Malabares de Pradoluengo. El abordaje al artista es difícil, porque este domingo tenía lugar su actividad favorita del fin de semana cultural:la Olimpiada. Cada prueba se realiza con inscripción gratuita y espontánea; a Pablo no le falta la energía y no para quieto entre juegos de pelotas, bromas, el pino o el lanzamiento de zapatillas. «Hay desde cosas técnicas que hacemos los más profesionales a juegos donde participan todos», explicaba después de ganar la demostración de lanzamiento de mazas en pareja y recibir como premio la codiciada prenda de la villa del calcetinera. Con cuidado de no ser golpeado por un diábolo, un niño se asomaba a ver los diseños de los calcetines restantes y susurraba:«Estos saben hacer de todo».

¿Por qué caía Pablo una y otra vez en la carpa invisible de este rincón de la Demanda?«Es uno de los pocos encuentros que quedan en España que son pequeños pero muy acogedores, y es un lujo que traigan espectáculos de tanto nivel gratis», aseguraba. «Tuve la suerte de venir a hacer mi espectáculo», decía recordando su primer contacto con la localidad. «Seguí viniendo por hobby con amigos y este año vinimos con la escuela de Zirkozaurre a hacer el pasacalles», añadía. 

Mientras varios especialistas de Sevilla, Barcelona, Galicia, Cantabria, País Vasco o Burgos lanzaban sus diábolos al aire y practicaban sus trucos con las mazas, los vecinos se iban acercando a la Plaza Clemente Zaldo para despejarse de una resaca tanto emocional como física. Jessi Daspet, de la asociación artístico cultural Con Ton Y Son, admitía que ayer el mercado de Pradoluengo se había convertido en una sala de conciertos y el grupo local Juicio Final y el DJburgalés Petite Mort les habían dejado sin aliento. Ella, sin embargo, se había despertado aliviada después de supervisar la programación y comprobar el éxito de asistencia, sobre todo de «un perfil joven y familiar». Insistía en definir el evento como un «encuentro y no festival, porque te encuentras con otras personas y acabas conviviendo un fin de semana». Un ejemplo de ello eran las actuaciones y los talleres del viernes entre artistas, niños del Colegio San Roque y ancianos de la residencia. «Hacemos que el circo vaya a ellos, y en el patio se creó un ambiente supermágico», aseguraba.

Los profesionales fascinaron al público con los equilibrios de mazas.Los profesionales fascinaron al público con los equilibrios de mazas. – Foto: Iván López

La programación incluyó talleres y actuaciones en la residencia y el colegio

La iniciativa de Malabares comenzó de casualidad en un bar de Pradoluengo, donde un grupo de amigos se disfrazó de payasos y adornó la barra como una carpa de circo. «Justo pasó por allí una persona que iba a muchos encuentros y dijo que este pueblo, con lo animado que es y la forma que tiene, podría albergar perfectamente uno», alegaba Daspet. Al principio tiraban de contactos cercanos, pero con 17 ediciones a sus espaldas y el boca a boca han conseguido que sean los artistas los que solicitan repetir experiencia. 

Su próximo proyecto consiste en crear una «escuela de circo rural» de la mano de Marta Luna, responsable de la Escuela de Circo de Burgos y residente en Villasur de Herreros, aunque todavía tienen que limar aspectos como «la infraestructura, en el sentido de conseguir locales cubiertos». El público objetivo estaba delante de sus narices practicando en el quiosco; Sabina, Alba y Millán, tres niños de Burgos y Pancorbo que llevan viniendo al evento «un montón de años», lanzaban con soltura los platos y diábolos.

A última hora de la mañana, todo el pueblo había pasado por el aro.
A última hora de la mañana, todo el pueblo había pasado por el aro. – Foto: Iván López

Entre bambalinas imaginarias, el presentador de la Olimpiada (José Ángel o ‘Pana’) se reponía del fin de semana y el impacto que le habían causado los espectáculos de Imbira y Sopla, donde calculaba que se habían arremolinado cerca de 600 personas. La gente de la comarca acudía con sed de cultura en la calle, pero los amantes del circo venían de todo el país. «Ofertamos alojamiento en el albergue, pero otros cogen el hotel o se van al camping», explicaba. Al final de la mañana muchos participantes habían iniciado el viaje de vuelta a casa, y tras embaucar a los restantes para apuntarse a juegos como «pasar por el aro» o «alubiacesto», Pana cerró el encuentro con el anuncio de la lanzada, una tradicional ofrenda al aire multitudinaria de instrumentos circenses.

Fuente original: www.diariodeburgos.es