Además de conformar parte del patrimonio histórico, cultural y espiritual, los monasterios y conventos tienen un papel capital en lo que a la tradición gastronómica se refiere. Las elaboraciones que salen de sus cocinas y obradores son veneradas con verdadera pasión por sus fieles, devotos de productos tan exquisitos como los dulces.
Turrones, chocolates, pastas, rosquillas, yemas, mazapanes, magdalenas, panetones, alfajores, polvorones, bizcochos… son infinidad las posibilidades, todas ellas hechas con mimo y cariño. Para evitar que estas recetas desaparezcan, fruto de la caída de las vocaciones y del envejecimiento de sus miembros, desde 2021 el Monasterio de San Pedro Cardeña celebra un mercadillo de dulces navideños solidario. Este año son alrededor de una veintena las comunidades que han traído hasta este rincón de la provincia de Burgos productos exquisitos con los que endulzar el periodo de cenas y comidas que se abre a partir de la semana que viene. La cita se ha celebrado este fin de semana, aunque los más golosos tienen aún oportunidad de viernes a domingo de esta semana que hoy empieza (en horario de 11 a 13:45 y de 16:30 a 18 horas).
Aunque el espacio en el que se ubica la feria es una pequeña sala en uno de los extremos del inmueble, íntimamente ligado a la figura de El Cid, el volumen de gente que acude año tras años es notable. Tanto como para que, por momentos, haya que hacer cola para pasar por caja. «Tenemos clientes fijos que vienen siempre y que cuando abrimos el sábado nos estaban esperando a la puerta», reconocía ayer Cecilia Cózar, voluntaria y una de las promotores de la idea. Y es que esta cita sale adelante gracias al trabajo de personas que, sin nada a cambio, permiten a los monasterios y conventos de todo el territorio nacional acercar sus dulces hasta Burgos.
Una veintena de comunidades religiosas dan a conocer sus mejores productos
«Son un patrimonio gastronómico que se puede perder porque las monjas ya son muy mayores», apuntó Eva Alonso, también voluntaria. Además de dar todas las explicaciones que demandaban los burgaleses que acudieron ayer hasta San Pedro Cardeña, entre ellas se organizan para cobrar, hacer recomendaciones o no dejar que nadie se vaya con el estómago vacío. Porque, además de por los ojos, los dulces atraen por su sabor. Y en esta feria se pueden probar todos los que se quiera para elegir bien cuál llevarse a casa.
De esta forma, la imagen de personas bien abrigadas pero con cajas a los brazos fue la tónica habitual durante toda la mañana en los exteriores del monasterio. Esa y la de los más ansiosos que no pudieron reprimirse y, aprovechando los rayos de sol que se colaban entre la espesa niebla con la que amaneció el alfoz de la capital, probaban sus compras nada más adquirirlas. «Es una maravilla. Poder llevarnos productos de tantos sitios de España y tan buenos es un privilegio», apuntaba una pareja de burgaleses que se animaron a ir andando desde Carcedo.
Ayuda por igual. Al tratarse de una feria solidaria, que busca recaudar fondos para perpetuar la actividad monástica, los beneficios se reparten luego de forma proporcional entre todos los participantes. Así las cosas, en cada mesa se colocan productos similares pero de distinto origen para que los clientes tengan a la vista las distintas opciones sin que su procedencia tenga importancia. «Cada año siempre es un reto seleccionar a los invitados en función de quiénes necesitan más ayuda», indicó Cózar. Ya saben, si quieren endulzarse y ayudar, esta es su cita.
Las concepcionistas de Osuna son las únicas que elaboran este dulce. / Ramis
La estrella es un bizcocho sevillano que acabó en Japón
Aunque la lista de dulces que se ofrecen al público en el mercadillo solidario que acoge el Monasterio de San Pedro de Cardeña es casi interminable, hay uno que destaca sobre el resto. Tanto como para que alguno, nada más entrar, vaya directo a su mesa y se haga con -al menos- una caja de bizcochos marroquíes.
Esta elaboración se sigue realizando tal y como se hacía en el siglo XVII. Conocido como pan de Castilla o pan dulce, se creó en el convento de las concepcionistas de Écija (Sevilla), aunque tras su cierre ahora se hace en una comunidad hermana de Osuna, en la misma provincia andaluza.
Se trata de un postre muy delicado ya que no lleva levadura química -se inventó en el siglo XVIII-. Para conseguir una masa esponjosa, además de mil y un secretos, emplean hornos antiguos. Es más, tal fue su popularidad que llegó incluso hasta la isla de Japón gracias a los misioneros y que hoy tiene un papel muy relevante dentro de la gastronomía tradicional nipona bajo el nombre de castella o kasutera.
Fuente original: www.diariodeburgos.es