Aunque parezca que en el campo hay sitio para todos, la multiplicación de proyectos de energías renovables levanta ampollas entre los habitantes del medio rural, y lo hace, sobre todo, por el uso del espacio agrícola. Para la instalación de aerogeneradores o de huertos solares, se requieren grandes superficies de terreno que, pierden su uso cultivable y suponen una pérdida a largo plazo.
Sin embargo, una instalación piloto puesta en marcha en San Gabriel ha encontrado una fórmula mixta en la que no se pierden los campos de cultivo, y a su vez, se aprovechan para la obtención de energía eléctrica. Se trata de lo que la start-up promotora, Powerfull Tree, llama tecnología agrivoltaica, que consiste en la colocación de placas solares a unos cuatro metros sobre el viñedo que dan la posibilidad de que la maquinaría pase por debajo y que las vides sigan activas. «Es como un invernadero, pero sin cerrarlo, una estructura que permite mantener las cepas vivas», explica David Mignanelli, impulsor de este proyecto.
Mientras que en una instalación fotovoltaica tradicional las placas se mueven para seguir la luz, en este caso, sólo lo hacen de forma que no se tapen continuamente los viñedos. De esta manera no se obtiene toda la energía habitual, pero David asegura que están «dispuestos a perder algo si las vides o se ven beneficiadas».
Tras dos años de estudio y con dos cosechas de uva a las espaldas, los datos recabados resultan muy positivos. Más allá de la posibilidad de utilizar estos espacios para obtener energía solar, el fruto de los viñedos muestra una importante mejoría, gracias a la sombra que les aportan las placas solares. «El cambio climático está mermando las condiciones agrícolas, los vinos cada vez tienen más grado alcohólico y menos acidez. Con este sombrero que creamos, disminuimos la temperatura de hojas y racimos y reducimos la evapotranspiración», apunta Mignanelli.
Según la empresa gestora, en los valores analíticos de esta cosecha el alcohol probable de las «uvas agrivoltaicas» se cifra un punto por debajo de las que la empresa usa como testigo. En este sentido, Mignanelli explica que previamente se habían alcanzado datos muy por encima de los 14 grados, algo que se había convertido en un problema, pero que se corrige con el uso de las placas. De la misma forma, ha mejorado el ph y han aumentado los antocianos, lo que supone que «las cepas han sufrido menos estrés y no se han degradado debido a las altas temperaturas».
Mignanelli concluye que, en lo que se refiere a datos climáticos, han conseguido paliar las olas de calor y han reducido hasta en 1,5 grados la temperatura media. A su vez, también han minimizado un 35% el agua perdida debido a la incidencia solar.
Actualmente, la empresa quiere continuar la mejora de esta tecnología por lo que ha diseñado un algoritmo que les permite hacer un seguimiento con el que encontrar una receta perfecta para la vid. «Aplicamos inteligencia artificial que va aprendiendo de los datos, en sólo dos años las plantas bajo las placas han mejorado notablemente», concluye el responsable.
Fuente original: www.diariodeburgos.es