El alcalde de un pueblo de Burgos que ‘repara’ vidas rotas en México

Alberto Díaz Rodríguez es de los que prefiere dar antes que recibir. Su generosidad la demuestra en las aulas del Padre Aramburu, de Burgos, donde es jefe de departamento; en su vida personal en la que acoge niños tutelados; o en su tierra, Valdivielso, de la que es el alcalde. Pero durante el verano de 2023 y de nuevo este agosto ha tenido la oportunidad de sentir la verdadera «felicidad». Ha pasado más de 30 días en medio de vidas rotas por la droga y una desestructuración familiar «tremenda» y asegura que vuelve «con mucho más» de lo que llevó.

Ha participado en un voluntariado misionero salesiano en la Ciudad del Niño Don Bosco de León (México), un centro educativo y de inserción social amurallado y con vigilante de seguridad por el peligro del entorno, donde hace 8 años, ni los taxis se atrevían a acercarse. El fin de los enfrentamientos entre dos carteles de la droga de la zona y el liderazgo de uno solo ha calmado un barrio, en el que pegas  unos pocos carteles y aparecen 120 niños a pasar todas las mañanas del verano para disfrutar de ‘Las vacaciones felices con Jesús’. El objetivo es sencillo, «que no estén en sus chabolas».

En la Ciudad del Niño esa parte es la menos dura.  En el centro residen de forma permanente  hasta los 18 años diez chavales que no tienen a nadie y otros que cumplen condena por delitos menores y tratan de alejarse de las adicciones. «Muchos han sido sicarios y sufren unos traumas tan terribles que no les permiten ni conciliar el sueño», rememora Díaz. Ellos ejercían de monitores de los pequeños del barrio con la supervisión de los voluntarios y el personal del centro. El patrón es muy repetido: «Padres que se van a comprar tabaco y no vuelven y dejan familias devastadas por la droga y los ajustes de cuentas», explica el alcalde de Valdivielso.

A la Ciudad del Niño Don Bosco, en León, hace años no se acercaban ni los taxis

Con los internos del centro se quedaba por las tardes, en que podía organizar competiciones deportivas, juegos u otras actividades. Pero él prefería «chambear», realizar pequeñas reparaciones en unas instalaciones con muchas necesidades. «Empecé solo y acabaron uniéndose a mi un montón de chavales a los que les hacía una ilusión tremenda colaborar y se sentían muy bien porque confías en ellos», rememora. Díaz admite que acabó comprando de su bolsillo mucho material en las ferreterías para arreglar grifos, tejados o la depuradora de la antigua piscina. La jardinería fue otra de las tareas en las que involucró a los chicos, a quienes «sentirse útiles ayuda una barbaridad». Ellos aprendían y Díaz, también. «Te sientes mejor persona, con lo que cooperas a crear un mundo mejor», opina.

Razonar, perdonar y… De la Ciudad del Niño se ha traído también las enseñanzas de los profesionales que desarrollan allí su labor y, en especial, de su director, José Antonio Pérez. «El lema es razonar, perdonar y volver a empezar y me quedé maravillado de lo que se puede lograr así». «Este sistema me ha hecho vibrar con sus resultados», cuenta Díaz, quien considera que «lo más importante es que los chicos estén acompañados más allá de lo material, porque probablemente nadie les ha guiado».

Muchos empiezan a inhalar pegamentos o disolventes con 8 o 9 años y después quitan la droga a sus padres, que ganan 2.000 pesos al día, cuando el salario normal sería de 200 a 400. Más tarde comienzan a realizar trabajos para los carteles y llega la cocaína y el cristal. Comienzan a robar y a amenazar. Estos hechos les llevan muchas veces al punto de mira y al destierro a cientos de kilómetros de sus hogares, si quieren salvar su vida. Entre las historias que ha traído está la de un chaval  que tuvo que huir con 9 años y pasó 3 años solo hasta que recaló en la Ciudad del Niño Don Bosco.

La felicidad verdadera se siente cuando tú das, no cuando recibes»

Hasta 2014, en México no había un sistema de protección para los niños huérfanos. También supo de una niña que lloraba tanto que su madre le cosió la boca y como no dejaba de llorar, se la quemó con una cuchara al rojo vivo. «El maltrato y el abandono está tan metido en los suburbios y hay una lacra tan grande con la droga que es terrible», insiste. Algunos de los chavales que conoció en 2023 han muerto. Allí le contaban como «los niños centinelas de los carteles de droga pueden sobrevivir 5 o 6 días en ese puesto». Otros aún tienen la oportunidad de regresar a la vida.

Fuente original: www.diariodeburgos.es