El pueblo de los holandeses, en la Bureba de Burgos, engorda su censo

Los grandes ojos azules de Henz Brackenie irradian ilusión. Y eso que los gruesos cristales de las gafas que lleva desvirtúan en cierta manera su mirada. La felicidad que le produce encontrarse en el ‘otoño de su vida’ -refiriéndose a su etapa personal- no la puede esconder, es más, se la contagia a los de su alrededor. A sus 71 años, el holandés se encuentra en uno de sus mejores momentos porque puede comportarse como «un niño relajado». Así se siente. Dejó su Tilburg natal en busca de nuevas aventuras como pensionista y a pesar de que le intentaron convencer para que se instalara en Benidorm o el sur de España él apostó por Bárcena de Bureba. Al instante de bajarse de su furgoneta experimentó un feeling muy especial y en 24 horas tuvo claro que era su lugar.

En uno de los descansos que se toma entre movimiento y movimiento de piedra aprovecha para liarse un cigarrito al sol y pegar un trago a un café que hizo temprano pero que igualmente le ayuda a permanecer enérgico. Madruga demasiado, mucho antes de que cante el gallo, horas antes de que amanezca, porque su proyecto le motiva tanto como a un niño un juguete nuevo. Hay días que a las 5 de la madrugada ya está operativo, otros se le pegan un poco más las sábanas y empieza más tarde a faenar. Porque a pesar de estar jubilado él sigue muy activo. Viajó hasta Málaga pero aquello no le convenció. Él prefiere el terreno que ha alquilado a Maaike y Tibor -los propietarios de la mayor parte de las construcciones de la aldea- y divertirse al reformar una vivienda.

De vez en cuando cocina para el resto de vecinos -ya son trece, todos procedentes de los Países Bajos excepto un catalán (Álex), su pareja norteamericana (Samantha) y Carlos, burgalés de pura cepa, y comparte momentos muy divertidos con cada uno. Ahora en invierno pernocta en el hotel rural de Lences porque «hace mucho frío para dormir en la Mercedes roja», comenta con tono gracioso, pero los rayos de estas últimas jornadas le incitan a quedarse en el pueblo. «No te confíes tanto», le aconseja Mirthe van Hezik, la madre de Vos y Nova, la primera bebé de la comunidad, «aún estamos en febrero», añade. Rick, su marido, se queda en la yurta porque teletrabaja.

Mientras ella y sus retoños le saludan en la puerta de su ‘casa’ aparca la trabajadora de Correos. Rosa Ana se baja y saluda efusivamente al hermano mayor y deposita unas cartas en el buzón comunitario colocado en una de las construcciones. Ya se conocen porque acude a Bárcena «prácticamente a diario» para entregar principalmente paquetes y se interesa por el estado de todos. «¿Cómo está la jovencita?», pregunta refiriéndose a la estaduonense. «Bien, se fue el otro día y vendrá pronto», responde. 

(Más información y fotografías, en la edición impresa de este miércoles de Diario de Burgos)

Fuente original: www.diariodeburgos.es