Otrora de un blanco impoluto, media docena de albas sacerdotales penden del perchero de la sacristía con una densa pátina de polvo y ronchones de humedad. Enfrente, una talla de la virgen con niño, a la que Xabi le coloca con mimo la corona sobre el velo de novia, trata de mantener la dignidad entre trozos de madera astillados y un par de candelabros que solo dan soporte a las telarañas. Cajones entreabiertos, ropa desperdigada, muebles desvencijados… No parece que nadie se haya colado en la sacristía a revolver en busca de alguna pieza de valor, es más una sensación de abandono precipitado, como si la tierra hubiese empezado a temblar cuando el cura y a sus monaguillos se preparaban para la eucarística y allí hubiera quedado todo empantanado, congelado en el tiempo.
Ese terremoto imaginario ha causado estragos reales en la nave central del templo, donde el sol se cuela en una mañana de abril por el boquete del techo. El retablo del altar mayor parece sostener la bóveda de cañón, evitando que se venga abajo y certifique la defunción de esta iglesia románica, al convertir el montón de escombros actual en una montaña inabarcable. Sentenciada quedó el día que echaron la llave para no volver, y ahora los vecinos de Turzo buscan el indulto o un abogado que aliente al menos su esperanza de sacarla del corredor de la muerte.
En realidad nunca le han vuelto la cara a su iglesia. Hace unos años, cuando se produjo el primer derrumbe parcial en el coro alto, un grupo de jóvenes desescombró la zona y la apuntaló como pudo. Hoy son los mismos que se sacuden la pereza para traer de casa un carretillo y herramientas que liberen el acceso original por la bella portada del siglo XIII, que conserva capiteles primorosamente labrados.
Esa puerta del mediodía estuvo tapiada años, dicen que por el frío, cuando se usaba la puerta oeste, bajo el rústico pórtico de madera que un día también fue mutilado, y que ahora no osan abrir. Tampoco tocan ya las campanas, por si se les caen encima, mientras que el campanario que iba adosado al lateral fue desmontado en los tiempos en los que se le perdió el respeto al arte sacro y todo se podía comprar si tocabas la campanilla adecuada.
«La iglesia contiene elementos muy interesantes en su conjunto, y detalle, aunque, por desgracia, su estado es muy preocupante, estando necesitada de una intervención urgente, sobre todo en los tejados». Esto contaba en 2001 Antonio Gallardo, hijo adoptivo de Medina de Pomar, profesor y escritor. «Cuando todavía entrábamos y había misa», recuerda Amaia, que guarda la documentación como un tesoro. Después se abría solo el 15 de agosto y el Viernes Santo, cuando llegaba el cura de Escalada para el Oficio, Y ahora nada, ni tan siquiera se molestó en volver para recoger sus ropas.
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