Estos meses se hacen más duros, pero estoy acostumbrada

El único alboroto, en la mañana de diciembre, lo provocan las perras Duna y Kenda, que ladran y saltan con entusiasmo rodeando a Pilar, sabedoras de que ha llegado el momento del paseo. Un sol algo timorato va evaporando la cencellada con que la niebla y la helada han pintado Tamayo y su entorno para que parezca arrancado de un cuadro de Turner. Huele a invierno al pie de los Obarenes; también a puchero en la única casa habitada de este pueblo: la olla, al fuego, desprende un aroma promisorio. Pilar cierra la puerta y echa a andar por las callejas umbrías de un caserío que sobrecoge tanto por sus imponentes construcciones como por su fantasmal aspecto: la mayor parte de los caserones, muchos de ellos blasonados, están ruinosos, vacíos, devorados por yedra y la maleza. 
Esta mujer menuda y enérgica lleva más de tres décadas viviendo en Tamayo. Ella y Niceto, su marido -fallecido hace unos años-, lo repoblaron después de que se deshabitara a mediados de los años 60. Ambos, procedentes de Valladolid, se enamoraron de este enclave cercano a Oña durante un viaje a Bilbao; fue el suyo un flechazo. Junto a su hijo Ismael, se asentaron allí sin dudarlo, importándoles una higa si en adelante iban a ser los únicos habitantes del pueblo. Sigue siendo la suya, tantos años después, la única casa permanentemente abierta de Tamayo. Si en su día aquella heroica tarea repobladora recayó en Nicasio, la responsabilidad actual de la permanencia de esta familia es mérito de Ismael. Eso es lo que quiere dejar muy claro Pilar, pese a que ella también tiene mérito, claro. 

Tamayo es uno de los 70 pueblos de Burgos que afrontan este invierno con menos de 5 habitantes; casi 300, con menos de 10. Son datos terribles, demoledores, que no hacen sino señalar un problema demográfico para el que no se ha encontrado antídoto alguno. Parece que no hay remedio, por más que cada vez que suena la fanfarria electoral, políticos de todo signo enarbolen la bandera de la solución, como si les importara realmente. Suelen ser, siempre, promesas huecas. No hay bálsamo de Fierabrás para este mal ya endémico, menos aún si los gobernantes no toman medidas serias y efectivas. Es el rural un mundo que lleva décadas extinguiéndose a machamartillo. Inexorable.

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Fuente original: www.diariodeburgos.es