En un pequeño rincón de la Plaza del Mercado de Oña esperaba con paciencia su adopción un pequeño salón de madera. Realizado con «residuos del monte», cambios de perspectiva y algún que otro quebradero de cabeza, Francisco González había tallado mesas, sillas y lámparas a medida. «Empecé haciendo bastones, los vendí y comencé a hacer talla al libre albedrío», explicaba este vecino de la villa condal, que tras ejercer como camionero y residir en Bilbao había vuelto a su pueblo para encerrarse en el taller.
En torno a la creativa sala de estar que todavía rebosaba olor a árboles frutales o antipolillas, se encontraban otros 61 puestos de frutas, hortalizas y legumbres, artesanía y productos elaborados, desde libretas forradas y patchwork hasta empanadas y miel. Entre los puestos más demandados se ubicaba el expositor de Soraya García, residente en Burgos que después de algunos años de parón había vuelto a la 29ª edición de la Feria Agraria y Artesanal de Oña. Recordaba a sus clientas, que tocaban y probaban los pañuelos, abanicos y pendientes, que «son piezas únicas, pintadas y cosidas a mano». También valoraba el formato del evento, que comenzaba a las 10 de la mañana y se prolongaba hasta la hora de comer, ya que «son unas horas muy concretas y la gente viene sin perder el tiempo, es ahora o nunca, entonces compra».
Como una espiral se arremolinaban los tenderos de ajos de Castrojeriz, la panadería de Urrez o la quesería de José Manuel Arnaiz, que desde el cercano pueblo de Barcina de los Montes traía queso semicurado de oveja. «La gente nos conoce ya y viene a por el queso», advertía después de repartir unos trozos de manjar entre el público (…).
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