Las calles de la capital ribereña han vivido los últimos cuatro días rebosantes de jolgorio, música, reencuentros y tradiciones ligadas a sus fiestas patronales, pero antes de regresar hoy poco a poco a la rutina se hizo un hueco para reconocer la figura de una de esas personas que, con su sonrisa, su peto de cuadros blancos y rojos y una cucharona de madera creó otra costumbre ineludible. Porque desde hace años, si en las fiestas de Aranda no bajabas a la bodega La Calderona y pasabas por su ritual de degustación de limonada, es que no habías exprimido los festejos arandinos.
La reina, Paula Carpintero, y las damas Ana Velasco y Claudia López, compartieron protagonismo en el homenaje que les tributaron las peñas arandinas con la familia de Ramón Porras, Moncho, que vivieron ese momento desde el balcón de la Casa Consistorial. La cara visible de La Calderona, que falleció repentinamente este año, ha pasado en estas jornadas jaraneras del segundo plano donde siempre se quiso situar, aportando mucho pero destacando poco, a convertirse en un recuerdo compartido por infinidad de arandinos y visitantes. «Nos han dicho que, si vienes a las fiestas de Aranda, tienes que bajar a una bodega, ¿cómo se llama?», preguntaba a sus amigas una novia de despedida de soltera. «¡¡Calderona!!», contestaban a coro tres de sus colegas. Porque la fama de esta bodega privada, pero de puertas muy abiertas, ha traspasado las fronteras arandinas.
La corte festiva, con tradicional traje campero, no dejó de bailar y corear las canciones que les regalaban las charangas que, una a una, desfilaron por delante de la Casa Consistorial arandina. Y, como marca el protocolo, entre peña y peña dejaban su ubicación privilegia en el balcón para recibir los obsequios de las distintas peñas. Vino, pañuelos, cerámica local, alguna pequeña pieza de bisutería… todo lo que se puedan imaginar lo recibieron con una amplia sonrisa y no pararon de hacerse fotos con los representantes peñísticos y las nuevas generaciones, porque los más pequeños viven este homenaje como si estuviesen al lado de unas soberanas fiesteras a las que miran con curiosidad y admiración.
Antes de cumplir con el homenaje anual, las peñas hicieron un pasacalles por el centro arandino. – Foto: Valdivielso
La reina y damas recibieron los obsequios de las peñas y no pararon de hacerse fotos
En el balcón de al lado, Ramón Porras y Leonor García, los padres de Moncho, junto a dos de sus hermanos, Javier y Roberto, escuchaban cómo algunas peñas se acordaban de él en sus vivas o le dedicaban también una de esas canciones que muchas veces había bailado en las bajadas de las peñas o en el cañonazo. «Si esto lo hacemos es porque pensamos en lo que mi hermano querría, pero es complicado», confesaba antes de salir al balcón con su familia Javier, el segundo en edad de los hermanos. Incluso habían estado a punto de presentarse sólo los hermanos, porque a Ramón y Leo «les ha costado venir, pero les hemos animado por la invitación del Ayuntamiento, por hacerlo por nuestro hermano».
A pesar de esa emoción contenida, la familia de Moncho aún era capaz de poner en valor una de sus señas de identidad, íntimamente ligada a estas fiestas patronales arandinas. «Hay otra gente que las fiestas las vive de otra manera, pero es que mi hermano las llevaba en vena, no se las ha perdido nunca», reconocía Javier Porras (…).
(Reportaje completo, en la edición impresa de Diario de Burgos de este miércoles o aquí)
Fuente original: www.diariodeburgos.es