La Bureba, en Burgos, gana manos jóvenes para el campo

Oliver Moreno tiene quince años, y a diferencia de la mayoría de sus amigos, en verano también madruga, pero por gusto. La alarma suena al igual que cuando toca ir al instituto aunque ahora hay veces que no la da ni tiempo a que suene. Se despierta antes con ganas de comerse el mundo y divertirse entre los inmensos campos de cereal y girasol que siembran en Vallarta. Lo suyo es la agricultura y por ahora ayuda a su padre, Javier, en todo lo que puede.

El burebano, de 47 años, pertenece a una familia de agricultores -es la tercera generación- y el futuro de sus tierras está prácticamente garantizado gracias al interés que muestra el adolescente, que tiene intención de estudiar «algo vinculado con el sector» y muy claro que quiere dedicarse en cuerpo y alma a ello. «Es muy participativo y se ofrece a todo», asegura el progenitor con orgullo.

A unas casas «más allá» reside Ana Cañamero, de 53 años, la única mujer del pueblo que se dedica a cuidar las tierras, con su marido y sus dos retoños. Mikel, el pequeño, de apenas 13, practica deporte como cualquier ‘chavalito’ de su edad, invierte unas cuantas horas en echar un vistazo a las redes sociales pero siempre saca tiempo para hacer lo que más le gusta. En invierno reside en Vitoria pero no hay un solo fin de semana que no vuelva al pueblo. A pesar de su corta edad ya ha elegido su futuro y pretende formarse como mecánico de maquinaria agrícola. Es su pasión y verdadera vocación, la misma que descubrió su madre hace 15 años al heredar los terrenos de su suegro cuando se jubiló.

Antes de establecerse en el municipio ejerció como dependienta en una tienda de ropa y en una frutería en la capital del País Vasco. A diferencia de la familia de su pareja, la suya nada tiene que ver con el sector primario y confiesa que empezó de cero con cursos formativos que a día de hoy todavía realiza. «Me encanta mi trabajo, no veo nada negativo y adoro la vida en el pueblo. Soy una mujer independiente, con coche y todo lo que necesito lo tengo a mi alcance», declara.

A pesar de que en la localidad apenas hay 44 personas empadronadas, ocho familias se dedican exclusivamente a la labranza. Antaño llegaron a superar la treintena y pese a que la agricultura familiar actualmente vive momentos delicados, Vallarta sigue la tendencia contraria. El relevo generacional es el gran reto al que se enfrenta este modelo, tan esencial para el desarrollo rural y seguir fijando población en la España Vaciada, pero en el pequeño municipio parecen tenerlo asegurado. Las futuras promesas llegan pisando fuerte y con ganas e intención de no dejar perder las tradiciones. 

(El reportaje completo, en la edición impresa de este viernes de Diario de Burgos o aquí)

Fuente original: www.diariodeburgos.es