En un verano marcado por continuadas olas de calor y grandes incendios que han puesto en jaque a buena parte del territorio de Castilla y León, Burgos mantiene, por el momento, una situación favorable. No está exenta de peligro -el mapa de incendios señala zonas de riesgo medio y alto en el norte y el entorno de Aranda de Duero-, pero presume de un factor diferencial: la escasa capacidad de sus fuegos para consolidarse y propagarse.
En la última década ha registrado 1.301 incendios y 6.744 hectáreas quemadas, apenas un 2% de la superficie total calcinada en la comunidad en el mismo periodo. Los expertos coinciden en que se trata de una suma de factores climáticos y urbanos, que, por ahora, juegan a favor de la provincia.
El ingeniero de montes de la Junta de Castilla y León, Alfredo Rodríguez, subraya que Burgos se mantiene ciertos grados por debajo del resto de provincias durante los episodios de calor y conserva una mayor humedad ambiental. «Cuando buena parte de la comunidad está en riesgo extremo, aquí se dan unas condiciones más favorables para que la vegetación no arda», aclara. Aunque el viento sople de forma frecuente, viene del norte y trae un aire más húmedo.
No obstante, advierte, la ventaja meteorológica convive con varios problemas crecientes: el abandono de tierras agrícolas, la reducción de la ganadería extensiva y la colonización de antiguos pastizales por matorral y arbolado hacen que el territorio sea hoy más forestal que hace medio siglo, aunque aún mayoritariamente agrícola.
Este paisaje constituye una ventaja ya que muchos conatos se originan precisamente en terrenos de cultivo, donde, según explica el agrónomo Jorge Miñón, la intervención de los agricultores permite sofocarlos antes de alcanzar grandes masas forestales. «Si el incendio se declara en una parcela agrícola, fácil de atajar con los propios tractores», explica. ç
Ese predominio agropecuario favorece, además, un territorio fragmentado con la recuperación de la rotación de cultivos y la combinación de ‘plantas cortafuegos’ como girasoles, leguminosas y barbechos, que crean discontinuidades que actúan como barreras naturales ante el avance de las llamas.
En la misma línea, el Plan de Incendios Forestales de Castilla y León sitúa Burgos como una de las provincias con menor riesgo de consolidación y propagación de los fuegos, pese a la elevada combustibilidad de su terreno, factores que determinan su capacidad de convertirse en un gran incendio.
«La mejor prevención es un paisaje mosaico», respalda Esaú Escolar, presidente de la Asociación Profesional de Agentes Medioambientales de Castilla y León (ApamCyL).
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Fuente original: www.diariodeburgos.es