Trisa y Riva se suelen despertar antes de que suene la alarma. Ahora todavía con más ganas. Empezar el curso escolar en un cole nuevo implica responsabilidades extras, dónde va a parar. Los preparativos para que todo fluya con normalidad también aumentan. Cada una fiel a su estilo -a pesar de tener 10 y 8 años, respectivamente- eligen el outfit y se preparan para afrontar el día. Sus padres, Maaike y Tibor Strausz, conocidos en la comarca como los ‘holandeses de Bárcena de Bureba’, observan con atención mientras se preparan. Echan un vistazo rápido en el interior de las llamativas mochilas que compraron en la librería y comprueban que las pequeñas no se olvidan nada. Los cuatro salen juntos de su casa, en Briviesca, y atraviesan el parque de La Florida. Continúan el trayecto hasta llegar a su destino: el colegio bilingüe Mencía de Velasco.
Con la independencia que las caracteriza, realizan el paseo de unos diez minutos por delante de sus progenitores. Apenas hablan entre ellas. Cuando llegan al puente que cruza el río Oca se asoman a ver si encuentran alguna trucha. Hoy no es su día de suerte. Continúan a paso ligero. Al grupo se une Maribel -vecina de portal- y su nieta Malene montada en bici. Al llegar a las puertas del centro se despiden y hacen como el resto de sus compañeros.
En fila india esperan su turno para entrar en clase. Desde el otro lado de la verja blanca los adultos aguardan a que suene el timbre para irse y seguir con sus labores. Las primeras semanas seguirán con la rutina pero la madre de familia confía en que con el paso del tiempo «sean capaces de ir y volver solas al piso que hemos alquilado». Antes de la despedida, la hermana mayor corre donde sus padres para que la guarden la primera invitación de cumpleaños que ha recibido de un compañero de aula. La fiesta será el día 26 en el Barrasa y promete ser muy divertida. Tibor la guarda en el bolsillo de su sudadera antes de comenzar a teletrabajar -es programador informático-; mientras que Maaike prepara su bicicleta eléctrica para trasladarse a la aldea y continuar con el arreglo del techo de la casa grande. Tarda poco más de una hora y entre semana suele escaparse dos o tres días. Los viernes, sábados y domingos los disfrutan allí en compañía de Carlos, Mirthe, Rick y el pequeño Vos, sus vecinos.
Las niñas holandeses estudian en el colegio bilingüe de Briviesca y disfrutan los fines de semana en Bárcena de Bureba. – Foto: Alberto Rodrigo
Riva accede la primera a las instalaciones. En los últimos meses ha pegado un estirón considerable y las rastas de tono rubio platino también han crecido hasta sobrepasar la cintura. Su falda larga de volantes y su crop top blanco tampoco pasan desapercibidos. Pero ella es así, dicharachera y decidida a pesar de no controlar aún el español. La jornada arranca con mates y la holandesa enseguida comprende que es hora de corregir con bolígrafo rojo los deberes. Se anima a salir a la pizarra cuando Michelle, la profe, pide voluntarios para realizar un ejercicio y cuando se sienta de nuevo Alejo y Vera la felicitan. Ella sonríe.
Trisa espera su turno en el patio con semblante algo más serio. Luce una botas Dr. Martens con estampado de flores y minifalda que dejan entrever que derrocha personalidad. Llega a su clase, 5ºB, y abre el libro de Science. Su tutora, Miriam, se muestra encantada con su comportamiento y asegura que es una niña «muy atenta. No pierde detalle, es prudente y pone los cinco sentidos para captar la información». La asignatura de Lengua se resiste, es normal, y Elena, su compañera de pupitre, la echa siempre un cable. Las hermanas recibirán a partir de la semana que viene apoyo en inmersión lingüística -4 horas a la semana- con el fin de que avancen en la comprensión del idioma.
Tanto los docentes como los padres sienten cierta «tranquilidad» porque se «han adaptado muy bien, participan y se relacionan», explica Olga Escudero, profesora de inglés. En el recreo disfrutan de los juegos y se esfuerzan por aprender de los demás. «De lo que más nos hablan es de que como son pocos en clase realizan las actividades todos juntos, al contrario que en Holanda, que en las clases había muchos estudiantes y tenían que formar subgrupos», comenta Maaike. A las 13 horas vuelve a sonar el timbre; esta vez el de despedida. En unas semanas lo hará a las 14. De camino a casa comentan la jornada. Comen pronto, desarrollan los ejercicios y salen a la calle. «Todo el mundo nos saluda. Nos encanta ir a comprar porque para cada cosa hay una tienda. En nuestro país todo se concentra en el mismo sitio», explica Tibor. Tras un rato de juegos y conversaciones toca ir a casa y descansar para enfrentarse con energía a un nuevo día. ¡Bienvenida, familia!
Fuente original: www.diariodeburgos.es