La población de Aranda de Duero ha alcanzado los 34.193 habitantes este 2025, con una presencia extranjera que supera el 20% del total y marca máximos históricos en el municipio. La llegada de vecinos de otras nacionalidades ha sido determinante para explicar el crecimiento demográfico de los últimos años, en contraste con el descenso en la población de origen español.
En este año, más de 6.700 arandinos han nacido fuera de España. De ellos, 5.183 personas figuran oficialmente como extranjeras, representando el 15,2% del censo. Colombia destaca como la principal nacionalidad, con más de 1.000 residentes, lo que supone uno de cada cinco extranjeros en la ciudad. Le siguen Marruecos y Honduras, con cifras entre 680 y 740 residentes cada uno. Los colectivos de Rumanía y Bulgaria mantienen su presencia, con unos 650 y 642 vecinos respectivamente, aunque Bulgaria experimenta un leve descenso.
Otras nacionalidades muestran una evolución dinámica: por ejemplo, Venezuela ha pasado de 90 a 140 residentes en solo un año, mientras que el número de vecinos llegados de Ecuador, Paraguay y Perú sigue en aumento. En cambio, Portugal, República Dominicana, Moldavia, Polonia y Ucrania presentan una ligera caída en sus comunidades locales.
Desde 2020, la inmigración se ha consolidado como el principal motor de crecimiento: la población extranjera ha crecido entre 1.500 y 2.000 personas en cinco años, mientras que la española ha descendido medio millar. De 2013 a 2025, el número de extranjeros ha aumentado en un 77,5%, pasando de 3.765 a 6.684 personas.
En solo cuatro años, el porcentaje de extranjeros ha avanzado del 11,9% en 2021 a más del 15% en 2025, con especial repunte en comunidades latinoamericanas como Colombia y Honduras, y en países de Europa del Este y Marruecos.
Más allá de los fríos datos estadísticos, quienes atienden directamente a muchos de estos migrantes a su llegada a Aranda reconocen que su inserción en la sociedad roza la normalidad. «La integración es muy buena, en su mayoría vienen a buscar trabajo y hasta que regularizan su situación tienen que acudir a la economía sumergida», apunta Guadalupe Cuadrado, coordinadora de Cáritas en Aranda. Un empleo es lo primero que piden cuando llegan a la capital ribereña, muchos de ellos directamente desde sus países de origen hasta el punto de que «llaman incluso desde el aeropuerto de Barajas, nada más llegar a España, para coger cita». Otras necesidades que buscan cubrir al acudir a Cáritas son ayudas para alimentación y alquiler, mientras encuentran un empleo, y formación. «Nosotros les ofrecemos talleres, porque hasta que no regularicen su situación no pueden acceder a los cursos subvencionados por las administraciones públicas y, de paso, les enseñamos habilidades sociales y conocimiento del medio, para que se vayan adaptando», especifica Cuadrado.
Con esta importante presencia de extranjeros entre la población arandina, la globalización de nacionalidades y razas ya es algo normalizado entre los locales. «Estamos muy habituados a ver gente de otra procedencia en comercios, negocios, pero también en sanidad y en otros sectores donde antes no era tan normal encontrarlos», expone la coordinadora de Cáritas. Y es que la inmigración explica el crecimiento demográfico reciente en Aranda. Con 68 nacionalidades diferentes y una evolución sostenida, la ciudad se ha transforma en un espacio cada vez más diverso, afrontando nuevos retos de integración y convivencia.
Sohany Pineda (Honduras)
«Me encontré recelo para lograr trabajo»
Hace 14 años, esta hondureña y su familia llegaron a Aranda de Duero, «directamente aquí porque estaba mi madre, que había venido cinco años antes» explica Sohany Pineda, que llegó con su marido y su hijo Alejandro con 10 años. Con el paso del tiempo, ha completado la familia con Valentina, que ya nació en la capital ribereña, donde toda la familia ha superado los momentos inciertos de su llegada.
Sohany confiesa que aterrizaron sin un empleo «con la esperanza de que algo saliera, sabiendo también que España estaba pasando una crisis muy difícil» y enfrentándose a ciertos recelos. «Es difícil porque cuando te ven que eres extranjera, normalmente no te dan trabajo porque tienen miedo, no sé a qué», se sigue cuestionando después de tanto tiempo.
Con el paso de los meses, primero logró «alguien que me dio una oportunidad de empezar» y desde hace algo más de cuatro años tiene su propio negocio. «Abrí con miedo, pero con la esperanza de que mis clientas me respondieran, y así ha sido porque, al final, te das cuenta de que el trabajo eres tú», comenta su experiencia, que se puede trasladar al terreno de las relaciones sociales porque, asegura, «me he acostumbrado al país y ella se han acostumbrado a mí».
Cristina Marinova (Bulgaria)
«No he sentido rechazo, vengo de Europa»
Por tiempo, Cristina Marinova puede decir que es mitad búlgara mitad española. «Llegué en 1998, llevo en España los mismos años que viví en mi país», puntualiza. Y su primer contacto con la provincia burgalesa fue casi casual. «Vine a la aventura un verano, a acompañar a la hija mejor de edad de una conocida, yo estaba de profesora de Primaria con plaza en mi país, pero me gustó, me salió trabajo y desde entonces no he parado», resume en una frase casi tres décadas en Quintanarraya, Coruña del Conde, Salas de los Infantes y, finalmente, Aranda.
Ella apunta que no ha tenido problemas por ser extranjera. «Yo no he sentido ningún rechazo, ni la gente de mi zona, porque tenemos costumbres parecidas al vivir en Europa», dice por buscar una explicación. De hecho, en el ámbito laboral no ha tenido ni un momento de descanso. «Yo no tuve problemas ni para encontrar trabajo ni para nada, yo salía de un trabajo y entraba en otro, he llegado a compatibilizar tres trabajos a la vez: En un bar a jornada completa, media jornada con una empresa de productos de limpieza y hacía horas extra en el juzgado o la policía, de intérprete», enumera lo que fue su agitada vida laboral, antes de montar hace ocho años su propio negocio de panadería y productos de alimentación.
Fuente original: www.diariodeburgos.es