No importaba que fuera un día entre semana o un sábado. Tampoco, hace unos años, que cayera en domingo o en festivo. Es más, casi nunca era inconveniente que el reloj marcara más de las 9 de la noche y que la luz del mostrador llevara tiempo apagada. La carnicería de Los Balbases que regentaban Jesús Rupérez -cariñosamente conocido como Susi- y su mujer Rosa García estaba siempre abierta a propios y extraños. Aunque ello conllevara tener que se tuvieran que levantar de la mesa en mitad de una comida o una cena para atender a un cliente.
Desde que el padre de él, ganadero, decidió a mediados de la década de los 60 transformar una vieja cuadra como local para la venta de todo tipo de carne, la familia Rupérez ha estado íntimamente ligada a este sector. Hasta la céntrica plaza en la que se encuentra este establecimiento no llegaban solo los vecinos de Los Balbases, sino que lo hacían ciudadanos de la inmensa mayoría de pueblos de la comarca. En época de matanza, las visitas al mostrador procedían de puntos aún más lejanos, enamoradas del trato que esta pareja de carniceros hacía de los productos procedentes del cerdo. «Hemos trabajado mucho, pero también hay que reconocer que hemos disfrutado mucho», recordaban este miércoles. La mañana de ayer fue la última que atendieron al público, que desde que dieron a conocer su jubilación no ha dejado de acudir.
Tanto que las existencias que encargaron la semana pasada y el lunes con el objetivo de poder alargar las ventas hasta el próximo sábado se han quedado muy cortas. «La gente, en vez de llevarse un kilo, se llevaba dos o tres para tener reservas suficientes… nosotros casi nos quedamos con el arcón vacío», reconocieron. El pasado domingo, sin olerse absolutamente nada, recibieron el cariño de todos sus vecinos en una sorpresa que les organizaron sus tres hijos. «Fue una encerrona de las buenas.
La calidad es clave para tener éxito. Luego hay que saber afinar con el precio»
Jesús Rupérez, carnicero
No nos esperábamos tal cantidad de gente», bromean. Los alrededores de la carnicería se llenaron de amigos, familiares y clientes que acudieron hasta Los Balbases para dar un abrazo final a sus carniceros de confianza.
Rupérez podría haber accedido a la jubilación hace un tiempo, aunque prefirió esperar a que su mujer Rosa cumpliera los requisitos para cambiar de vida los dos a la vez. «Nos encontramos bien y no me importaría seguir un par o tres de años, pero creo nos toca disfrutar un poco», destaca él. Además de la edad, los incontables requisitos legales, papeles o trámites que tienen que cumplir han terminado por convencer al matrimonio. «La administración no ayuda. Pone todas las trabas y pegas que uno se pueda imaginar», indica.
La clave. Buena parte de las ventas que han efectuado responden a la calidad del producto que ofrecía. En una época en la que el concepto kilómetro 0 está en boca de todo el mundo -en muchos casos para mal-, su carnicería era un ejemplo inmejorable. «Los corderos los cría mi hermano en el propio pueblo y los lechazos vienen de la vecina Villazopeque», admitieron. La idea inicial era retirarse el pasado mes de octubre. Sin embargo, como sus proveedores le garantizaron que iba a poder vender lechazos de cara a Navidad hicieron un último esfuerzo y aguantaron el tirón hasta estos días para no dejar colgados a sus clientes en unas fechas tan señaladas. «Si no hubiera tenido los míos estoy seguro que habría cerrado. No me habría comprometido a buscar género de gente que no conozco», asegura.
Un negocio como una carnicería, con una constante ir y venir de clientes, es todo un reto para llevar una familia. Jesús y Rosa, sin embargo, han contado con el plus de que el local está situado dentro del edificio en el que viven. «Por suerte he podido atender a la gente y a mis hijos», destaca ella.
Hemos trabajado mucho, pero también hemos disfrutado mucho»
Rosa García, carnicera
Ayer, primer día tras las vacaciones de Navidad, y con los pueblos de nuevo sumergidos en un silencio sepulcral y una densa niebla, recibieron a los últimos clientes. «Estamos muy agradecidos a todo el mundo, de corazón lo decimos. Nunca hemos tenido que ir por los pueblos vendiendo, sino que han venido aquí a comprar, y eso es algo que no lo puede decir todo el mundo», admitieron.
Desde su mostrador han visto pasar muchas generaciones y el lento declive del medio rural. «Antes había 40 niños en la escuela, y eso eran 40 bocadillos a diario. Ahora la gente es mayor y no come como los jóvenes», ejemplifican. La apertura de la residencia San Antón les permitió generar nuevos ingresos, aun con la consecuente carga de trabajo. «Nunca le he visto enfadado en la carnicería. Jamás», confiesa Rosa sobre su marido.
¿Y ahora qué? Esa es la pregunta del millón, la que le hacen los más cercanos, y para la que tienen una respuesta rotunda, sencilla y sincera. «Vivir».
Se lo han ganado de sobra.
Un mismo oficio pero dos mundos. Jesús Rupérez empezó a ayudar a su padre en la carnicería familiar con apenas 13 años. Por aquel entonces sacrificaban un cordero por la tarde para venderlo a la mañana siguiente. Así día tras día.
Fue años después cuando se empezaron a introducir nuevos productos y a ampliar la oferta de su mostrador. «No me he dedicado a otra cosa que a ser carnicero», destaca.
Fuente original: www.diariodeburgos.es