Mientras el lechazo sube los rebaños bajan en Burgos

Estuvo en horas bajas, exclusivamente para los ganaderos, a quienes no salían las cuentas ni a tiros. Pero este año los responsables de las pocas explotaciones de ovino que quedan en la provincia están más satisfechos: el lechazo, producto navideño donde los haya (la estrella históricamente de las comidas principales de estas fechas), les va a procurar algún beneficio.Que tampoco es como para tirar la casa por la ventana, pero notablemente mejor que hace unos pocos años, en los que este producto les dio pérdidas. «A punto estuvimos de dejarlo todo.Si esa situación se hubiese repetido hubiésemos tenido que cambiar de oficio», dicen Ana Belén y José, ganaderos de ovino de Huérmeces. «Hemos tenido años muy malos, pero este se han podido vender bien los lechazos, aunque no valen lo que deberían valer. Y eso que, en la carnicería, cuestan el doble de lo que nos pagan a nosotros», apostillan. Para esta Navidad, han venido sus lechazos a una media que ha rondando los 90 euros cuando hace un par de años lo tuvieron que hacer por 50 en el mejor de los casos.

Se topan, a menudo, con rivales difífilmente batibles: los lechazos importados de Francia, Grecia e Italia, mucho más baratos pero de menor calidad que los que, como los suyos, son autóctonos y tienen el sello de calidad, el distintivo de la IGP. Denuncian, en este sentido, una trampa: muchos de esos corderos foráneos llegan vivos a Castilla y León, donde son sacrificados y se les pone la vitola de ‘Tierra de Sabor’ que suele confundir al consumidor. «La IGP nos da valor, pero también lo pagamos. Y lo que más nos duele es que se hagan trampas y abusos. Que se vendan lechazos como si fueran de Burgos cuando no lo son, ni mucho menos. En este sentido, José explica que la diferencia, ya en la carnicería, es clara: el lechazo autóctono es «blanco como la nieve» mientras que el importado tiene la piel más roja. «Porque ha sido amamantado de forma artificial. Los nuestros maman de la madre. Y la diferencia es enorme».

Tiene claro que muchas explotaciones, como la suya, siguen en marcha porque tienen amortizada la infraestructura, porque están desde hace tiempo asentadas. Pero que si ahora mismo alguien quisiera empezar de cero lo tendría muy crudo, por no decir imposible. Subrayan que estar sujeto a la IGP es terriblemente exigente: dinero, dedicación, esfuerzo, cuidado, mimo, celo. Pero que quienes integran y se atienen a las obligaciones de esa marca, de ese distintivo de calidad, saben que es una apuesta que los que les diferencia del resto».

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Fuente original: www.diariodeburgos.es