Enzo no veía cómo los rayos de luz entraban por la ventana de la nueva biblioteca de Castrojeriz ni los gestos de sus quince compañeros, pero sí escuchaba con oído de lince los susurros y repetía con una dicción perfecta cada comentario. Vive en Villalbilla, tiene 3 años y es la persona ciega más joven de la provincia. Sus padres Sonia y Sergio intentan mantenerse al corriente de actividades que fomentan la accesibilidad y por eso acudieron al taller ‘Formas de ver y leer sin ver’, organizado por la asociación cultural Infanzones 974.
Un tono optimista impregnaba la sala. Sin eludir las dificultades que atraviesa un invidente en su día a día, Juan José Medina, vecino que perdió la vista a los 45 años, pretendía inspirar empatía y mostrar algunos trucos que había aprendido para gozar de mayor autonomía. «No tengo ningún problema con la comunicación: puedo escuchar música, escribir cartas, hacer cualquier cosa con el ordenador… pero hay que prepararse un poco», advertía.
Los niños observaban con inocencia y curiosidad sus lentes tintadas y temían recibir una lección convencional. Pero en seguida se acercaron a la mesa de la biblioteca, donde reposaban diferentes objetos, y entraron al trapo cuando Juanjo empezó a hablar con su ordenador y señalar diferentes frutas con la cámara de su teléfono. «¿Qué tengo en la mano», preguntaba a la pantalla. «Hay frutos tropicales que son muy complejos y no sabes su nombre porque nunca los has visto», decía mientras la inteligencia artificial le respondía por altavoz «tienes un limón en la mano» y describía su textura rugosa.
El ponente se definió como un ferviente partidario de la tecnología. «Es un gran progreso y un futuro, nos puede resolver muchos problemas», comentaba, aunque admitía que el día del apagón desenterró su primera herramienta de braille hablado, que funcionaba a pilas. «Con el apagón, ¿cómo se comunica un ciego? Si no sabe braille está perdido», aseguraba.
Ocio para todos. La diversión llegó cuando Juanjo sacó su baraja de cartas adaptada. «Me encanta jugar y estas nunca fallan en mi bolsillo», decía mientras los niños rozaban las rugosidades de un as de espadas. También escribió los nombres de los asistentes con una máquina Perkins, regaló alfabetos braille y desplegó un mapa turístico de Getxo, que tenía altos relieves para identificar la ubicación las calles y el mar. Finalmente, los niños se taparon los ojos y se orientaron por el patio del colegio con ayuda de un bastón blanco, que simboliza la discapacidad visual. Aunque no lograron la destreza de Enzo, que sin palos, pero con experiencia correteaba por las rampas.
Del fogón del Ritz en París a una casa rural en Castrojeriz
Juan José Medina tenía 18 años cuando rozó el cielo. Tras una infancia en Castrojeriz, decidió perseguir sus sueños y estudió en la escuela de cocina del Hotel Ritz de Barcelona. «De allí salí con mi carné de cocinero de primera», aseguraba. Manejó los fogones de la cadena en París, Montecarlo, Milán y Roma, donde preparó menús a los paladares europeos más selectos. Había logrado hacerse un hueco en el mundo de los chefs y abrió su propio restaurante en Barcelona. «Llegué a ser mención para estrella, pero la vista dijo ‘basta’», explicaba al recordar cómo la retinosis pigmentaria iba introduciendo la oscuridad en sus ojos.
«Pasé de ser un cocinero muy afamado a un ciego más», decía con firmeza pero sin amargura. Jubiló los cuchillos, se obligó a reinventarse y modificó su vida. Comenzó a trabajar en una empresa de telefonía, desarrolló una aplicación para sordociegos y se volcó en la accesibilidad. Al superar los 70 años, volvió a su pueblo para abrir la casa rural El rincón del Chef. «Todas las etiquetas de las puertas están diseñadas en alto relieve, tinta y braille para que todos sepan donde están», comentaba. «Antes y después de la ceguera me lo he pasado pipa en mi vida y vamos, ni me acuerdo que no veo», concluía con humor.
Fuente original: www.diariodeburgos.es