Al principio duda. Ha llegado hasta allí como cada vez que regresa: con pena, con dolor, con una tristeza difícil de describir, para la que no encuentra palabras por más que se afane en buscarlas. Gonzalo se detiene frente a la casa en la que nació. Ésta se encuentra cercada por la maleza y abierta de par en par al viento que azota secularmente el pueblo. A la desvencijada puerta le falta madera para considerarse tal; arriba no queda una sola ventana que abrir ni cerrar. Lo que se intuye dentro es ruina, humedad, silencio. Continúa dudando Gonzalo, para quien adentrarse en el lugar en el que vio la luz primera es un ejercicio de masoquismo. «Lo paso mal, muy mal. Me duele tanto… Se me parte el alma ver la casa así, todo el pueblo así», musita. Es una buena construcción de piedra, con tres alturas, aunque no puede disfrazar su desolación de décadas. No es Gonzalo Alonso un vecino más de Castil de Carrias, despoblado que se ubica a caballo entre Briviesca y Belorado en el paraje conocido como Las Lomas: se trata del último ser humano que nació en él. Aquel hecho sucedió en 1967. Poco después, hacia la mitad de la década de los 70, todos los vecinos se marcharon a otros pueblos y ciudades. Todos, salvo uno: Florentino González, que fue durante veinte años su único habitante, quizás el primer Robinsón de la España Vacía, símbolo de una realidad tan terrible como inexorable.
(Reportaje completo en la edición en papel de hoy de Diario de Burgos)
Fuente original: www.diariodeburgos.es