Tractores vintage y frutales que recuperar en Solduengo

Zar sabe marcar bien el territorio ante la llegada de intrusos a sus dominios. A pesar de no levantar un palmo del suelo, enseña diente si hace falta y emplea un agudo ladrido para espantar a los indeseados. Pero cuando comprueba que la visita es amigable, el perro simplemente se dedica a seguir a su dueño como si de un escolta se tratara. Samuel Busto le ordena callar una y otra vez y solo lo consigue cuando retira las sábanas que protegen las piezas de su colección. Aprovecha la ocasión y se sube hasta los asientos de los tractores a modo de capataz sin perder detalle de los movimientos de los presentes en la nave. Todo está controlado.

Al vecino de Solduengo y propietario de auténticas reliquias no se le quitan las ganas de seguir almacenando vehículos antiguos -y no tanto- con el único objetivo de restaurarlos. Igual que cuando era un niño. A los 75 años cuesta un poco más agacharse para coger y dejar la herramienta y comprobar que todo se realiza correctamente, pero la pasión con la que repara cada pieza puede más que la edad. Tampoco supone ningún impedimento para cultivar decenas de árboles frutales de distintas variedades. Ya en la finca, ubicada a unos cuantos metros de su casa, Rocky, otro can de temperamento más sosegado, apenas mueve el rabo -sin incorporarse de su ‘cama’- para saludar a los allí presentes, juega un papel muy importante a la hora de proteger a los otros animales con los que convive y a los cientos de árboles de los depredadores.

Con suma delicadeza, el vecino de Solduengo ejerce su función de mecánico y agricultor; desde que está jubilado y cambió El Botxo (donde se estableció y formó una familia) por el pueblo todavía más. Su entusiasmo por los tractores y el campo viene de muy atrás. Mientras que sus compañeros de la escuela correteaban y jugueteaban antes y después de las clases, él centraba su atención en aquel Lanz azul y rojo, el primer tractor que llegó al pueblo, propiedad de Fidel. De niño -y no tanto- fantaseaba con conducirlo algún día y poder comprarlo. Y su sueño se cumplió. Tardó más de un año en dejarlo de punta en blanco y desde entonces lo mima como si de un hijo se tratara. Pero como el burebano desconoce el significado de tomarse un descanso continúa con sus habituales ‘ñapas’. El más llamativo por su intenso color naranja, el Renault, fue el siguiente en pasar por el taller casero. «El vehículo de Teodoro fue el segundo que vimos aquí porque hasta entonces los agricultores utilizaban animales para trabajar el campo», comenta el actual propietario. Tampoco pudo resistirse a sus encantos, ni a los del John Deere, ni tampoco a los de Antonio Carraro. Se considera un caprichoso y no descarta adquirir nuevas joyas para ampliar su colección.

Sus hijas no han seguido sus pasos y «no tienen ninguna intención de meter mano en otros vehículos», declara entre risotadas, y por ahora el único candidato que puede heredar su mayor hobby se llama Mario. El abuelo insiste todo lo que puede y el adolescente parece que respone. También le gusta todo lo que hace ruido aunque «ya se verá si decide seguir mis pasos», añade.

Ni los pistachos se resisten. Hay que reconocer que Samuel Busto tiene buena mano con los árboles. Todo lo que sabe lo aprendió de sus padres -Donato y María- y desde joven se preocupó en adquirir más conocimientos en cultivos y ponerlos a prueba. En una finca cuidada a sumo detalle se dan frutos en los que ni él mismo confiaba demasiado. Cultivar pistachos en la Bureba es un reto viable, no imposible, pero requiere de paciencia. A él de eso le sobra y degustar los de su propia cosecha ya es posible. También un amplia variedad de avellanas, almendras o nueces. Otros tantos manzanos, ciruelos, perales, cerezos, caquis, olivos, membrillos, endrinos y kiwis, entre otros, crecen en un entorno idílico y dan una producto deliciosa, palabra de una servidora. Su mano para elaborar mermeladas, compotas conservas, zumos y sidra es reconocida más allá del pueblo.

Reuniones en la bodega del abuelo. Las merendolas las suele organizar en el pabellón y solo los más afortunados pueden vivir una experiencia de lo más interesante a la par que divertida entre los muros de la bodega que el abuelo Domingo construyó allá por 1905. De las viñas sale el tempranillo y el blanco que anima el sarao y en la última campaña, no del todo buena, ha producido unos 800 litros.

Sigue los mismos pasos que su antepasado para despalillar y estrujar y así obtener el mosto que fermenta junto con la piel de la uva. Después prensa la mezcla y finalmente trasiega, clarifica y embotella el resultado. ¿Hay algo mejor para celebrar la vida que unos buenos chinchines? A su salud.

Fuente original: www.diariodeburgos.es