Un científico burgalés, tras la resistencia a los antibióticos en la Antártida

Desde hace dos meses, Gabriel Roscales, de Salas de los Infantes, comparte los ratos en los que muestrea en cubierta con ballenas y pingüinos que saltan a su alrededor. Cuando baja a tierra, un ojo siempre lo tiene que tener puesto en los leones marinos. Son territoriales y pueden echarle de su playa. Así investiga en la Antártida, «el entorno más prístino del planeta, es decir, el menos alterado por la actividad humana, lo que la convierte en un laboratorio natural ideal para estudiar el impacto de diferentes presiones». Allí, a bordo del Hespérides, está Gabriel, que gracias a un contrato predoctoral dentro del proyecto Challenge-2 puede realizar esta campaña oceonográfica y desarrollar su tesis. 

Tras graduarse en Biotecnología en León decidió cursar un Máster en Microbiología Avanzada en la Universidad de Barcelona, cuyo trabajo final se centró en el estudio de la resistencia a antibióticos en la Antártida. Que pudiera viajar hasta el continente más austral de la Tierra estaba casi escrito, la oportunidad de hacerlo llegó un poco después. Su estancia allí le va a permitir estudiar las comunidades de microorganismos presentes en el agua y en los sedimentos del lecho marino y el efecto de la presencia humana en las mismas. 

En particular, analizará la presencia de genes de resistencia a los antibióticos en este entorno para comprender mejor como influye la presión humana en la propagación de estas en el medio ambiente. Además, también investigará el papel de los virus que infectan bacterias y de los residuos plásticos en la propagación de estas resistencias, ya que podrían estar actuando como vectores de transmisión. «Con ello espero aportar información clave para comprender mejor la propagación de la resistencia a los antibióticos en el medio marino, una de las mayores amenazas para la salud pública a nivel mundial», comenta el científico. 

Cumpliendo con el ritual de pintar de azul el ojo de buey al pasar el Círculo Polar. Cumpliendo con el ritual de pintar de azul el ojo de buey al pasar el Círculo Polar. – Foto: G.R.

Todo este proyecto de investigación le llevará un total de cuatro años. Su estancia en el Hespérides le está permitiendo recoger muestras de agua y de sedimentos marinos, así como plásticos en playas. Unas muestras que está procesando para poder preservarlas en buenas condiciones hasta su análisis en Barcelona, donde pasará tres años metido en el laboratorio para seguir desarrollando su tesis doctoral. «Mi trabajo se centra en el estudio del material genético de los microorganismos, así que toca extraer el ADN y comenzar con el análisis en profundidad. Lo verdaderamente laborioso empezará cuando vuelva». 

Reconoce que a pesar de haber visto muchos documentales y haber leído sobre la Antártida, no es como se la imaginaba. «Los paisajes son alucinantes, pero lo que más me ha impactado son los sonidos en mitad del silencio: el resoplido de una ballena a pocos metros, el estruendo de un glaciar rompiéndose, avalanchas o icebergs girando… Y todo ello rodeado de unas vistas increíbles», reconoce el joven, que confiesa que solo llegar allí ya fue una auténtica aventura de 30 horas. 

Barbacoa y futbolín. Además de a los pingüinos, ballenas y leones marinos, durante su estancia, que concluirá en unos días, ha aprendido a convivir con tener que atar todo para que no se caiga, el movimiento continuo del barco o el ruido de fondo del motor o de objetos que chocan por los golpes de mar. Allí, la meteorología manda y marca la agenda del día. Si pueden, en zódiac, bajan a tierra. «Para ello nos ponemos el traje de supervivencia, con el que parecemos teletubbies», bromea el investigador. Sino, toca trabajo de ordenador, de laboratorio o de muestreo desde el barco. «También ayudamos a compañeros que estudian invertebrados marinos, ya sea buscándolos en la zona intermareal o apoyando las operaciones de buceo». 

Los ratos libres los pasan en un salón con juegos de mesa o viendo películas. También organizan barbacoas en cubierta o vermús para romper con la rutina de trabajo. «En esos ratos solemos jugar al futbolín y es todo un espectáculo. Con el viento y el balanceo darle a la bola es muy complicado», relata Gabriel, que comparte barco con 55 personas de la Armada, 5 miembros de la Unidad de Tecnología Marina del CSIS, que se encargan de la logística, y con otros 40 científicos. «La mayoría somos españoles, pero también hay de México y Argentina, y colaboramos con universidades de varios países, como Noruega o Arabia Saudita».

La Antártida no es una desconocida en la casa de los Roscales. Su hermano, José Luis, ya investigó allí, en la base Gabriel de Castilla. «A bordo del Hespérides participó en el proyecto Malaspina, en Australia», cuenta Gabriel, que asegura que la experiencia de su hermano le ha servido para abrirle los ojos a una realidad que no es tan común. «Estamos muy contentos de poder compartir algo tan especial», añade. 



Fuente original: www.diariodeburgos.es