Arturo aguanta tras la barra el monólogo de un parroquiano. Que si las bajantes de la comunidad, que si los tomates de la huerta, que si el Papa, que si mis perras Estrella y Canela, que si vete a coger caracoles. Trufado de referencias, no siempre cariñosas, a su (santa)mujer y al hurón con el que se siente un mataconejos de categoría, resulta imposible no escuchar, y reír, alguna de sus ocurrencias. «Va a cambiar el tiempo porque me duelen más piernas», avisa. Y acierta, porque después llega una tarde de tormenta.
En El Bombilla parece que cada uno va a lo suyo, hartos de ver siempre las mismas caras, y están más pendientes de lo que ocurre -o piensan que ocurrirá- fuera, al otro lado de esta gran ventana indiscreta. «Ya se empieza a animar el cotarro», avanza otro, apostado frente a la gran cristalera de un bar de esos que antes aguardaban en cada esquina de los barrios, de aquellos que tenían la peli porno en el altillo a la que solo se miraba de reojo mientras apuraban el chico-chica tras el cambio de turno. Aquí no, aquí mantienen la tradición y sobre la barra se posan más a chupitos que cafés, pese a que no son ni las 9 de la mañana de un domingo luminoso de mayo. Eso sí, el enésimo ceremonial del Vaticano tras la muerte del papa ocupa hoy en la tele el espacio de aquellas infames películas machistas.
El espectáculo que aguardan se monta justo enfrente del Bar El Bombilla. Al menos así ha ocurrido en los últimos fines de semana, y también algún día de diario. Navajazos, peleas, trapicheos y mucha policía han trasegado por la calle Santiago, justo en la frontera entre los barrios Ferial Bañuelos y Santa Catalina, aunque el sambenito se le hayan colgado a este último y, concretamente a un solo local, La Torre. «Él no tiene la culpa», afirma en referencia al hostelero que lo regenta una vecina que desde hace años reside en la zona de ocio nocturno de Aranda y que conoce bien los movimientos de ese triángulo que empieza por las calles Hospicio y Pedrote, donde siempre han estado los bares.
Habla con una amiga y coincide en que últimamente les da más miedo salir a la calle los fines de semana temprano, por si se meten con ellas o con sus perros. «En qué hora me compré un piso aquí», le comenta la otra, harta de que el portal huela a tabaco y a otras secrecciones. Nada nuevo para los sufridos residentes en zonas de copas.
Pero en los últimos meses se ha enturbiado el ambiente, alimentado por el sensacionalismo del que viven algunos medios de la villa y corte, que pretenden poco menos que equiparar esta zona de Aranda como las 3.000 viviendas de Sevilla o La Mina de Barcelona. Un paseo mañanero de domingo ofrece una imagen muy opuesta, si bien es cierto que el principal foco de atracción de los últimos problemas echa el cierre sorpresivamente cuando no son ni las 10 de la mañana. Y entonces pasa de peligroso imán de los descarriados a péndulo, de fuerza centrífuga a centrípeta, y la clientela que recoge por las mañanas el bar empieza a dar vueltas como una peonza, algunos con rumbo incierto, otros sin puerto pero con hoja de navegación fija.
«¡Qué raro! Si nunca cierra», empiezan a comentar enfrente de La Torre, en cierto modo decepcionados porque el espectáculo con el que ya se relamían parece irse al traste. Y mientras especulan con las causas del inopinado cambio de planes, la microfauna que estaba concentrada alrededor del problemático local comienza la desbandada. Una mujer cruza la calle y entra en El Bombilla a por un Kas limón, un café con leche para llevar y una magdalena. «Que tenga un buen día, caballero», se despide tras dar las gracias varias veces.
(El reportaje completo, en la edición impresa de este lunes de Diario de Burgos o aquí)
Fuente original: www.diariodeburgos.es