«Me tomo las de Villadiego«. Esta expresión popular, que significa huir o escapar con rapidez, tiene su origen en la protección que la villa ofreció a los judíos durante la Edad Media. El rey Fernando III El Santo concedió a los judíos de Villadiego un privilegio especial, prohibiendo que fueran apresados y estableciendo severas penas para quienes les causaran daño.
Gracias a este amparo real, la localidad se convirtió en un refugio seguro, pero con la condición de que sus habitantes judíos llevasen un distintivo que los identificara: unas calzas amarillas que indicaban que estaban bajo la protección del monarca.
Además, la iglesia de San Lorenzo contaba con una puerta auxiliar con la inscripción Iglesia de Asilo, que permanecía abierta día y noche para ofrecer cobijo a quienes llegaban a esta villa burgalesa huyendo de la persecución.
Imagen de la Plaza Mayor de Villadiego.
Este episodio ha quedado inmortalizado en un relieve en el Ayuntamiento de Villadiego, donde se representa a San Pedro junto a un soldado (Villadiego) con una inscripción que da origen al famoso refrán:
«Villadiego era un soldado / que a San Pedro, en ocasión / de estar en dura prisión, / nunca le faltó del lado. / Vino el espíritu alado, / y, lleno de vivo fuego, / le dice a San Pedro: Sal luego, / toma las calzas, no arguyas; / Pedro, por tomar las suyas, / tomó las de Villadiego.»
Pero Villadiego no es solo historia y tradición. Además de su legado medieval y su importancia en el imaginario popular, esta localidad burgalesa sorprende a quienes la visitan porque en su escueto territorio urbano alberga seis museos y un centro de interpretación.
Ubicada en la comarca de Odra-Pisuerga, a media hora en coche de Burgos, Villadiego fue fundada en el año 880 por Diego Porcelos, cuatro años antes de que diera carta de naturaleza a la propia capital burgalesa.
Su casco histórico, declarado Bien de Interés Cultural en 1994, conserva su esencia medieval, con la Plaza Mayor completamente porticada y el Arco de la Cárcel, antigua puerta de entrada a la villa, como algunos de sus elementos más representativos.
El Palacio de los Velasco, con sus escudos nobiliarios, y el convento de San Miguel de los Ángeles, del siglo XV, también destacan en el conjunto monumental de la villa.
El pueblo de los seis museos
Sin embargo, lo que realmente distingue a Villadiego es su riqueza cultural, reflejada en sus seis museos.
El Museo Etnográfico y el Museo de Pintura se encuentran en dos casas de arquitectura tradicional rehabilitadas, donde se exhiben objetos donados por particulares y por Emilio González Peña, ofreciendo una visión detallada de la vida cotidiana en la comarca.
Interior del museo Fabulantis de Villadiego.
El Museo del Ferrocarril transporta a los visitantes a la historia del tren en la región a través de piezas restauradas y documentos históricos. El Museo de la Radio cuenta con una colección de aparatos antiguos que muestran la evolución de este medio de comunicación.
El Museo del Monacato profundiza en la vida monástica y su influencia en la zona, mientras que el Museo de Fotografía conserva imágenes antiguas de la villa y sus habitantes.
Finalmente, el Museo del Queso rinde homenaje a la tradición quesera de la comarca, con una exposición sobre los métodos de elaboración y degustaciones de productos locales.
En Villadiego se encuentra también el Centro de Recepción de Visitantes del Geoparque Las Loras, perteneciente a la red internacional de geoparques de la Unesco; un enorme museo de piedra, montañas y ríos al aire libre.
Villadiego, además de su legado histórico y cultural, se encuentra en un entorno privilegiado. Desde 2017, forma parte del Geoparque Las Loras, el primer geoparque de la UNESCO en Castilla y León. Con una superficie de 327,96 km², es el municipio más extenso de la provincia de Burgos y un destino ideal para quienes buscan descubrir un rincón con historia, cultura y tradiciones únicas.
Un momento de la tradicional fiesta del Judas.
El Judas, una tradición secular
Villadiego es muy conocido por su Semana Santa en la que destaca entre esos pueblos que cuentan con una tradición propia en esas fechas y recibe cada año a centenares de visitantes atraídos por la fiesta de la Quema del Judas, una tradición recuperada en 2002 por Ernesto Pérez Calvo.
Durante la festividad del Sábado Santo, a un muñeco de paja y tela que simboliza a Judas Iscariote se le somete a un juicio popular en el que se le atribuyen las culpas de todos los males de la sociedad y finalmente se le condena a ser quemado en la hoguera en un acto de purificación colectiva.
Fuente original: www.elcorreodeburgos.com