El domingo por la noche unas irregulares contracciones avanzaban a María Madrigal que la llegada de su segundo retoño no se retrasaría mucho más. Convencida de que aún no estaba de parto y de que si acudía al HUBU le iban a mandar a casa, decidió esperar «porque eran llevables».
Sin imaginar que horas después iba a experimentar el viaje más salvaje y emocionante de su vida, el lunes abrió las puertas de su quesería de Canicosa de la Sierra dispuesta a elaborar algunos de sus productos frescos. Pero fue entrar en ella, notar una fuerte y llamar a Moncef, su pareja. Ahora sí, había llegado el momento de acudir al hospital. Las contracciones eran muy intensas y se producían cada minuto.
De camino a Burgos hicieron parada en el centro de salud de Quintanar de la Sierra, donde les dijeron que acudieran a la capital. Para afrontar el trayecto, María se situó de copiloto, a cuatro patas, y en contra de la marcha, buscando la postura más cómoda porque el dolor era ya insoportable. «Trataba de hacer lo que te enseñan, respirar y emitir gemidos graves, pero nada funcionaba», confiesa.
No recuerda exactamente en qué punto, solo que estaban en Salas de los Infantes, que tenía ganas de empujar y que cuando lo hizo enseguida notó la cabeza de su bebé abriéndose paso a la vida. A su lado, al volante, un tranquilo Moncef presenciaba un nuevo envite de su mujer, el definitivo, sin detener el vehículo. «Ya está aquí. Vamos al centro de salud», le dijo María mientras recogía al pequeño de entre sus piernas y se lo colocaba en su regazo.
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