De Francia a Burgos con un rebaño de cabras

Sueño cumplido. María Madrigal Ureta ha vuelto una década después a su casa, a sus raíces, a su Canicosa de la Sierra. Se marchó a París para aprender todo sobre el mundo del queso y llegó a trabajar junto al maestro Laurent Dubois, lo que le aportó múltiples conocimientos. Y este camino de regreso no lo ha hecho sola. Además de su pareja, Moncef, y su niño, Yves, se ha venido desde los Pirineos franceses a tierras burgalesas con su proyecto de ganadería. Ni más ni menos que ¡90 cabras! también han realizado este viaje y ya corretean por el monte de la Demanda.

Aunque en las primeras semanas costó un poco acostumbrarse al cambio, ya están todos perfectamente adaptados. «Al principio fue un poco raro hasta que te adaptas y dices ‘espera, que no estoy de vacaciones’», comenta María sobre su llegada al pueblo, donde estos últimos años siempre acudía cuando tenía días libre. La vida en el medio rural tampoco le resulta demasiado extraña, ya que ella creció en Canicosa -municipio que actualmente cuenta con 424 empadronados- y en los Pirineos -donde residían- apenas veían a gente. «Allí no había nadie, estábamos en la montaña solos. Había igual un vecino o dos que eran ganaderos y no los veías tampoco», dice.

Los altos precios para conseguir tierras y casas en Francia le hizo volver. Y reconoce estar encantada con este regreso y con el reencuentro con los amigos de siempre. Tuvieron que realizar varios viajes para completar toda la mudanza y el traslado de los animales tampoco fue difícil puesto que rápido encontraron a un transportista.

La jornada de trabajo en la granja empieza en la nave, aunque lo cierto es que la mayor parte del día las cabras se encuentran al aire libre. «Ahora estamos con mucho trabajo, es venir aquí y estar con ellas, luego hay que sacarlas…», comienza explicando María. Solo hace falta pasar con ella una mañana para comprobar el amor que muestra por su profesión y que conoce tan bien a sus animales que hasta consigue que se relajen para las fotos del reportaje. «¡Anita!, ¡Salvadora!», exclama en un momento a dos de las cabras que se habían enfadado entre ellas. Tiene a todas controladas y se sabe sus nombres. «Son muy cariñosas y no se suelen poner muy nerviosas», asegura.

(Reportaje completo, en la edición impresa de este jueves de Diario de Burgos o aquí)



Fuente original: www.diariodeburgos.es