El fiscal afgano que se refugió en Burgos

«La mafia y la gente corrupta me ofrecieron cientos de miles de dólares durante mi servicio, pero no los acepté y después recibí amenazas de muerte», comienza explicando Niyaz, exjefe de la fiscalía durante la república en varias ciudades de Afganistán y que ahora se ha instalado junto a su familia en Pradoluengo. Defendió los derechos de mujeres, niños y personas vulnerables, luchando contra delitos graves como terrorismo, narcotráfico, tráfico de armas, asesinatos o violencia familiar, pero se vio obligado a abandonar su país después de que el 15 de agosto de 2021 -una fecha que no olvida- los talibanes tomaran el control y en este momento trata de rehacer su vida.

Después de salir de Afganistán vivió tres años como refugiado en Pakistán y durante ese tiempo fue elegido como presidente del consejo consultivo de fiscales afganos en exilio, trabajando voluntariamente para buscar apoyo internacional. Gracias a dichas gestiones, 28 familias de fiscales fueron trasladadas a nuestro país. «España nos tendió una mano humanitaria», expone Niyaz, que tras pasar por un centro de acogida en Madrid ya se ha instalado en la villa textil con su mujer y sus cinco hijos. En este momento participa como alumno en la escuela-taller de albañilería que se realiza en el municipio, mientras que su pareja ha encontrado trabajo en la residencia de ancianos. Un cambio de vida radical, aunque seguro que con sus amplios conocimientos puede acabar haciendo algo relacionado con su profesión y pronto se volverá a poner el traje y la corbata.

«Cumplí mi deber con honestidad, transparencia y sin miedo en un contexto en el que la corrupción estaba extendida y la justicia no era igual para todos», recuerda sobre su trabajo en Afganistán. No fue fácil resistir. Los talibanes le llamaban incluso a su móvil personal para preguntarle dónde estaba y amenazarle de muerte. De hecho, a su esposa la llegaron a apuntar con un arma en la cara para que no volviera a la escuela. Imposible borrar esos momentos de su memoria. Pese a todo, dice que «era necesario correr esos riesgos para defender los valores humanos y la democracia». Aunque había múltiples peligros y su vida corría peligro, continuó con su labor puesto que «alguien tenía que ser la voz de los indefensos» y está absolutamente convencido de que el riesgo merecía la pena.

Basta con hablar con este hombre unos minutos para entender lo que ha pasado y al verle la mirada se puede averiguar todo lo que ha sufrido. Ahora trata de dar un futuro mejor a su familia y, aunque no es algo que se consiga de un día para otro, poco a poco va camino de conseguirlo. «Me siento bien y feliz aquí», afirma. Para ello está recibiendo el apoyo del pueblo. Le encanta Pradoluengo porque él deseaba instalarse en el medio rural, ya que siempre había vivido en zonas con características similares, y destaca la «comunidad» que se crea como una de las grandes ventajas.

Con él también han llegado su mujer, Shirengul, y sus cinco hijos -que tienen entre 4 y 15 años-, Abdullah, Naji, Somaya, Omar y Osman. Los tres pequeños van al colegio de Pradoluengo y los dos mayores acuden al instituto de Belorado. Todos han hecho amigos ya y han aprendido a hablar español en tiempo récord, así que ahora también hacen casi de profesores de nuestro idioma para sus padres. Abdullah, el mayor, menciona que está muy contento aquí y que en el futuro le gustaría también poder jugar en el equipo de fútbol, ya que es una de sus pasiones y se declara fan del Real Madrid.

(El reportaje completo y más fotografías, en la edición impresa de este jueves de Diario de Burgos o aquí)

Fuente original: www.diariodeburgos.es