El segundo naufragio del Titanic, la sala de conciertos y luego prostíbulo de un pueblo de Burgos

Tras la puerta de la cocina languidece un pequeño calendario con el santoral de cada día sin anotaciones añadidas. No como los de casa, en los que se alternan cumpleaños y citas médicas en una de las escasas ocasiones en las que se empuña todavía el bolígrafo o un lapicero. Para todo lo demás, preferimos aporrear las teclas del móvil o mandar un mensaje de voz. ¡Ya ni siquiera se escribe en las servilletas de los bares! Como último reducto quedan las paredes, aunque también resulta un contrasentido usar el interior de un edificio privado para lanzar soflamas que se quieren airear a los cuatro vientos. ¡Stop emisiones capitalismo!, rotuló alguien en la de este puticlub.

No hay más pista exterior fiable que la de almanaque para establecer una fecha de hundimiento de este particular Titanic, el de Villalmanzo, reconocible no por la proa o el mástil de un barco sino por la peculiar estructura piramidal que corona el edificio. Al pie de la autovía A-1, está fresco el recuerdo del cártel nocturno iluminado y se mantiene en buenas condiciones el acceso desde la salida 204, mejor que algunas calles del pueblo que con tanto esfuerzo intentan arreglar las sucesivas corporaciones municipales.

Con ese viejo calendario en mano se van a cumplir 10 años de la defunción de uno de los últimos clubes de carretera de Burgos. La pista que aporta casa con la cronología de dos causas judiciales directamente relacionadas con el Titanic: en septiembre de 2015, una operación antidroga de la EDOA de la Guardia Civil terminó con 13 personas condenadas, entre ellos el dueño del club y tres de las mujeres que en él trabajaban; y en agosto de 2017 una denuncia del propietario por robo con fuerza, posteriormente retirada, cuando el local ya estaba abandonado.

Según las declaraciones de los implicados, un grupo grande en el que había varios compañeros de peña y otros conocidos decidieron entrar por curiosidad por una puerta que estaba abierta y otra que había sido forzada. «Vieron lo que había y ella cogió unos tubos de luz por si les sacaba alguna utilidad, (uno estaba puesto en una pared y el otro tirado), los probó y al ver que no funcionaban los tiró», declaró una de las sospechosas de esa causa abierta por robo con fuerza en las cosas por el Juzgado de Lerma y que parece quedó en nada.

Desde entonces, muchos son los que atraídos por la curiosidad de este icono de la explotación sexual de la mujer han traspasado esas puertas tras las que en otra época brillaban las luces de neón y el carmín se reflejaba en todos los cristales, formando un círculo perverso alrededor de la barra. Algunos espejos a mitad de pared, y una solitaria banqueta en la segunda planta, junto a varios sofás, ayudan a imaginarse la estética que lucía desde finales de los 80, cuando funcionaba como restaurante y discoteca, con las mejores bandas roqueras del país en el escenario. De sus características ventanas redondas, como los ojos de buey de un barco, solo ha sobrevivido la forma, porque apenas quedan un par de vidrios con motivos marineros en la zona que de las escaleras, donde también aguanta medianamente digno el jardín artificial. Las naves se construyen con las ventanas y aberturas redondeadas para minimizar la fatiga metálica de los materiales como el acero, y evitar que se rompan por las esquinas debido a los embates de las olas. A este Titanic ese truco de ingeniero no le ha funcionado.

El cascarón del pecio se va deteriorando poco a poco. Un día pasan y ven que se ha roto una ventana, otro día luce una pintada nueva. En el vecindario dicen no saber nada de los últimos propietarios ni tampoco han registrado incidentes graves por vandalismo o incendios, aunque sea un evidente foco de potenciales peligros. Quizás la proximidad de la A-1 y el constante paso de vehículos como testigos incómodos disuada a quien haya pensado en fechorías similares.

Dentro, no queda casi nada de valor, aunque sí se aprecia que se marcharon sin molestarse en desmontar el local, con las cajas de cerveza apiladas todavía y documentación por los suelos. Incluso en las habitaciones donde sometían a las mujeres quedan colchones, armarios y mesillas.

(Más información y fotografías del interior, en la edición impresa de este martes de Diario de Burgos o aquí)

Fuente original: www.diariodeburgos.es