Hosteleros de otra pasta en Villarcayo (Burgos)

En los años 80 y 90, Marimar Fernández servía cenas a las dos de la madrugada en la Marisquería Don Nuño y era capaz de recordar qué consumición pedían los quince integrantes de una cuadrilla. Arrate Alonso recuerda dar cafés a las tres de la madrugada en el Bar Miguillas cuando ahora a las 11 está apagada la cafetera y Adela Varona servía carajillos a las 4 de la mañana en El Francés. Aquellos tiempos pasaron a mejor gloria. Ellas, igual que Eugenio Ansoleaga (esposo de Adela); Arturo Gómez, dueño con su hermano Fernando y sus esposas del Restaurante Los Hermanos; Rosa Sánchez, propietaria del Restaurante El Callejón; José Luis Saínz, del Bar Chico;y José Antonio Martínez, propietario de El Soportal, están entre los hosteleros que se han jubilado en los últimos años. Detrás de las barras de los negocios de la villa han cambiado muchas caras y muchos clientes echan de menos a quienes les atendieron durante toda una vida.

En el pleno de febrero, la concejal de Independientes por Villarcayo, Loreto Ruiz, rogó al alcalde que en las próximas fiestas se rinda homenaje a los hosteleros jubilados en agradecimiento a su esfuerzo e incluso se cuente con ellos para el pregón. DB ha reunido a un buen manojo de estos profesionales para repasar el pasado y el presente del sector en la villa.

Rosa Sánchez recuerda anécdotas, como «los alemanes que venían a Garoña y eran unos borrachones». «Manejaban mucho dinero y era terrible. Había que ayudarles a subir a las habitaciones por las borracheras que cogían». Entonces ella servía mesas en El Munich antes de abrir en 1982 El Callejón. «Los petroleros de La Lora también nos dejaron mucha pasta». Aquellos clientes llenaban las cajas registradoras.

A su lado, Eugenio y Adela, del Bar El Francés, donde se empezó a servir el licor de guinda y se originó la ya fiesta de interés regional de La Guinda, echan de menos aquel Villarcayo por el que no se podía caminar durante esta celebración cada 17 de julio. «Aquello era una mina. Venía gente hasta de Santander». Las jornadas eran maratonianas. A las 7 se levantaban a hacer  pinchos y el negocio cerraba a las 7 o las 8 de mañana tras la verbena. Dormían un par de horas y arriba a servir el aperitivo de nuevo. A veces se han arrepentido de trabajar tanto, pero Adela admite que «no estaba con clientes, sino con amigos».

Esa misma perspectiva tienen Marimar y José Antonio con el paso de los años. Más que clientes, disfrutaban de amigos. En ocasiones, cuando el bar estaba un poco más vacío, también hacían de «psicólogos», cuenta Marimar. En los años de bonanza en la industria vizcaína cuando Villarcayo y Merindades se llenaban de veraneantes con poder adquisitivo, el marisco volaba en su negocio. Ahora la vitrina esta vacía. 

Todos los hosteleros de la vieja guardia coinciden en que sus negocios y otros que han ido cerrando en los últimos dos años por la cascada de jubilaciones sin relevo generacional, como el Restaurante El Casino, El Bodegón o El Moon, salían adelante porque los gestionaba una familia. «Cuando el negocio es familiar metes todas las horas del mundo, pero con personal no se puede». «Con nóminas es lo comido por lo servido. Los beneficios se van a la nómina de los empleados». Ahí radica el cambio principal en lo económico.

A José Antonio le llama la atención no tener donde tomar un café a las 3 de la tarde o ver todos los bares cerrados a las 9 de la noche un día invernal de labor. Los horarios se han transformado por completo. Vecinos de origen extranjero han tomado las riendas de la mayoría de los establecimientos y un porcentaje mínimo ha logrado relevo generacional. Arrate bromea:«Dentro de poco se librarán los sábados y domingos en la hostelería».

José Antonio pensaba que mucha gente le iba a preguntar por el traspaso o venta de su negocio cuando cerró en 2024, porque «con la mitad de clientela me sobraba». Pero ningún conocido se ha interesado y pronto pondrá un anuncio. Rosa tiene claro que «ya no hay hosteleros con capacidad de sacrificio». Los tiempos cambian y los villarcayeses se van adaptando. También han variado las costumbres en estas últimas décadas. Todos vieron como la llegada de los controles de alcoholemia fueron un antes y un después.

Presumen de los años dorados, en los que la sala Flamingo vio sobre el escenario a Camilo Sexto, Mocedades o Manolo Escobar, «que vino tres veces». Cuando la única discoteca de Villarcayo, El Matadero, está cerrada los hosteleros jubilados se acuerdan de El Edén, una sala ya desaparecida que ocupó lo que ahora es el aparcamiento delSoto o la Ribavela. José Luis nunca fue al Flamingo, antes Caribe. Bromea:«No sé ni como pude encontrar novia, porque no la veía hasta las 3 de la mañana». En los años 80 y 90 casi todos los negocios de hostelería trabajaban la noche, pero poco a poco fueron dejándola atrás, «porque cansa mucho», reconoce Eugenio.

Fuente original: www.diariodeburgos.es