No sabía de cuentas ni de negocios, no sabía ni poner una caña. Pero Ángela tenía claro que quería hacer algo por su pueblo y hacerlo allí. Y así empezó el que durante estos cuatro años ha sido su «trabajo ideal» y del que este pasado fin de semana se ha despedido, otra vez entre lágrimas, como las que le caían a borbotones el día en que sus amigas de Burgos y la cuadrilla de entre semana, como ella llama a los clientes más fieles del bar del Toril de Tolbaños de Arriba, le organizaron una despedida sorpresa.
‘Gracias por ser un ángel a ambos lados de la barra’, se lee en la placa que le dedicaron Marino, Pichi y el resto de los parroquianos, que se han convertido en su familia y que le desean suerte para la nueva etapa como diseñadora de interiores. Durante este tiempo ha compaginado esos estudios con la hostelería rural, que define como «una masterclass de saber relacionarte, de aprendizaje social», que recomienda a cualquier joven.
Ángela arrancó en abril de 2022 con 20 años. Junto a su amigo Pablo decidió aceptar el reto que lanzó la Asociación El Salterio a los mozos. «Empezamos sin saber cuánto íbamos a durar», reconoce, como un gesto de amor al pueblo tras la jubilación poco antes de la pandemia de su último tabernero, Paco de la Hoya. «Sola no me hubiera atrevido», aunque así se quedó la siguiente Semana Santa, cuando él encontró trabajo en Valladolid. Después ha contado con la ayuda de su hermano Mario, que ahora se marcha al extranjero. Ese viaje ha coincidido con el final de unos estudios que ya no puede estirar más. «Sabía que en cuanto terminase la carrera tenía que tomar una decisión», reconoce, para asumir con sinceridad que por mucho que ame la Sierra, no se ve «toda la vida» allí. Alguna semana ha tenido que salir corriendo para Burgos al quedarse sin cobertura. «Que lo primero que se vaya sea la red, cuando hay gente mayor que depende del móvil», denuncia.
Aunque «sin duda volvería» a iniciar esta aventura hostelera, no todo ha sido un camino de rosas. En los inicios «tuvieron que tener mucha paciencia» sus clientes. «No eches tanto vino, esto es muy caro», le decían. Y ella, con su buen talante, se dejaba «aconsejar por todo el mundo» y a todos hacía caso, incluso a «los jetas», los que solo van la semana de fiestas y pretenden ser los primeros. «Luego piensas en lo bueno que te da y se te pasa. Me quedo con los buenos momentos, con el cariño que siento que les ha dado y que ellos me dan a mí, y sobre todo me quedo con la gente de entre semana, que es la que está siempre en el pueblo y lo mantiene vivo», añade. Esas tardes de invierno con «Pichi, Marino, mi tía Carmen y dos más, que son los que se lo merecen», aunque acaben en números rojos. «El Ayuntamiento nos ayuda, porque si no es imposible», asume.
Ángela ha cambiado en estos cuatro años. «Yo antes era una persona más reservada, me costaba más darme a la gente», y ahora hasta concede entrevistas, además de un apoyo económico con el que se ha podido ir pagando la carrera. «Siempre lo recordaré, mi primer trabajo y en mi pueblo», afirma con los ojos brillantes.
Fuente original: www.diariodeburgos.es