Sin cobertura los alumnos del instituto de Briviesca conocen mejor el bosque

Desconectar y sociabilizar más. Resulta sorprendente que la mayoría de los veinticinco alumnos cuestionados coincidan en sus respuestas. ¡Cualquiera diría que se han pasado las respuestas!, pero no, son las sensaciones que se han traído de souvenir de Umbralejo al no necesitar el teléfono móvil para nada. Allí, en un pueblo deshabitado de Guadalajara, los estudiantes de 1º de Bachillerato del instituto briviescano han disfrutado de la falta de cobertura -algo impensable antes de llegar- y de los trabajos que requiere el mantenimiento de un lugar en el que los únicos vecinos son los animales de granja. Observar ecosistemas de bosque y comprobar en primera persona que cuando las especies son autóctonas, este se desarrolla con normalidad y absorbe agua en elevadas cantidades, adquirir infinidad de conocimientos vinculados a todo lo que ofrece la naturaleza y el trabajo diario «y muy duro», reconoce Iván, son solo unos pocos de los contenidos que durante una semana han absorbido como esponjas.

Vivir la experiencia entre los restos del ‘pueblo negro’ abandonado en 1971 debido a la falta de recursos y un programa de reforestación con pinos, rehabilitado a través de un proyecto de recuperación educativa y medioambiental, «mola mucho», aseguran. La propuesta de gestión forestal del Monte de los Pinos que el departamento de Biología y Geología del centro presentó al Programa Recuperación y utilización educativa de pueblos abandonados del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes caló hondo. «Refleja la importancia de reforestar con especies autóctonas de cara al desarrollo completo de la sucesión ecológica del bosque y al mantenimiento de las propiedades del suelo en óptimas condiciones, evitando su degradación y favoreciendo la absorción de agua», explica Manar desde el pupitre con la ayuda de Mónica, la profe. El proyecto también pretenden exponérselo al Ayuntamiento de Briviesca con idea de poder desarrollarlo. 

La música o los cencerros, que no las alarmas, sonaban a las 8 de la mañana -un ‘pelín’ más tarde que para acudir al insti- y tras gozar de un desayuno de campeones, «lo mejor del viaje, la comida», recalca Sofía, y con los estómagos bien llenos afrontaban una jornada de faena potente. «Agachar el lomo cuesta, y mucho», comenta con salero Iván, que coincide con Sandra en que las tareas más divertidas eran las de «alimentar y preparar las cuadras del ganado». Mantener los caminos despejados, quitar las malas hierbas de la huerta y analizar el ecosistema que les rodeaba les llevaba buena parte de la mañana. «Los talleres de cestería y fragua tampoco estaban nada mal; la siesta tampoco», añade otra Manar.

Durante los siete días de aventura «hubo un poco de todo», explica Guillermo; «jugando al atrapa la bandera Alina y Carlos se hicieron un esguince en el tobillo y acabaron al día siguiente en el hospital, dos nos caímos al río al intentar cruzar a la otra orilla y el autobús en el que fuimos se caía a cachos». Ninguna de estas anécdotas arruinó la experiencia. Es más, «hemos aprendido a relacionarnos mejor entre todos, a conocernos, a reírnos juntos y a valorar lo que cuesta trabajar», declara Adrián.

Ya de vuelta y con los exámenes parciales terminados, intentarán llevar a cabo el proyecto con el que sueñan para su ciudad. «Debemos de intentar evitar que la tierra que arrastra la lluvia desde el Monte de los Pinos siga provocando encharcamientos y acumulación de barro en las alcantarillas», expone el grupo. Las rutas hasta el lugar después de las clases están más que garantizadas. ¡A por ello!

Fuente original: www.diariodeburgos.es