Arde Bogotá graba a fuego su nombre en el Olimpo de Sonorama

Arde Bogotá se ha servido de Pegaso, el encargado de llevar a Zeus el rayo y el trueno, para grabar su nombre a fuego en el Olimpo del Sonorama con un concierto inolvidable, a caballo entre la delicadeza y la furia, entre el dolor y el amor.

Esa imaginación alada les ha servido también para entroncar con el recuerdo de Tara y de Moncho Porras, dos de los grandes colaboradores de Sonorama fallecidos recientemente, a cuya memoria han dedicado el show. «Los amigos que se hacen en Aranda son para siempre».

Durante hora y media, los Arde Bogotá han demostrado por qué todo el mundo les quiere como cabeza de cartel, con un Antonio García en estado de gracia que no ha dejado de moverse por el escenario y por el provocador (la prolongación que permite interactuar con el público) hasta terminar literalmente cantando con sus fans a pie de recinto y mientras la cuenta de Instagram del grupo emitía en directo.

Antonio García, cantante de Arde Bogotá, entregado durante la actuación.Antonio García, cantante de Arde Bogotá, entregado durante la actuación. – Foto: Alberto Rodrigo

En las pantallas han proyectado la foto de la primera vez que pisaron la Plaza del Trigo, allá por 2019, con carita de críos y bien abrigados. «Hoy no venimos solos, hoy venimos 70, muchas gracias a los 65 que no están en el escenario», ha explicado un Antonio García muy centrado y controlándolo todo a la perfección, desde las imágenes que proyectaban las cámaras hasta un incidente entre el público, al requerir asistencia para una persona.

El concierto ha tenido una parte irrepetible gracias a una orquesta de cuerda, toda integrada por mujeres, salvo su director, que han acompañado con violines, chelo y violonchelos temas tan conocidos como Virtud y Castigo, Copilotos o La Salvación, canción está última que Arde Bogotá ha dedicado específicamente a los dos colaboradores del festival fallecidos en una interpretación descarnadamente hermosa.

La simbiosis perfecta entre la banda y las músicas de la orquesta ha hecho disfrutar al público de unas versiones totalmente reconocibles pero con un plus de elegancia que encajaba perfectamente en esta noche de luna llena.

La escenografía de la banda, un viaje con Pegaso por una carretera por la que regresar a alguna parte.La escenografía de la banda, un viaje con Pegaso por una carretera por la que regresar a alguna parte. – Foto: Alberto Rodrigo

En los primeros compases del concierto se ha visto precisamente una luna de sangre proyectada en las pantallas, una gasolinera, una carretera y a veces una presencia femenina que, sin desvelar su rostro, ha evocado constantemente un viaje. En realidad han sido varios, uno que habla de «esperanza» en un Exoplaneta, un lugar «que no existe» y que es de paz, como Sonorama. Otro, el de aquella gente que «entiende una letra y un número como un camino de vuelta, que quiere regresar a algún lugar», Cowboys de la A-3 , a quienes el líder de la banda ha recomendado engancharse al amor. Y un tercero, el que ha iniciado esta banda hacia lo más alto, rodeados de épica y de éxito pero con la honradez y la nobleza de corazón que no han abandonado desde sus inicios.

La actuación ha comenzado provocadora, con dos jóvenes besándose «como si llegara el fin del mundo» y tras clásicos como Que vida tan dura y Torre Picasso,  ha terminado con tintes apocalípticos, cuando después de retirarse la orquesta, las pantallas se han teñido de rojo, después de escuchar unos sonidos metálicos, el aliento de alguien que huye y unas sirenas. Soltad a los perros ha dado paso a la descarga final. Tras empoderar a la gente, Antonio García le ha pedido que aterrizara con Antiaéreo y terminase «saltando nuestra canción de mierda».

 

Fuente original: www.diariodeburgos.es